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Jacobo Blanco

Qué nos pasa

Mandela, por ejemplo.

La reunión en el funeral por Nelson Mandela de representantes de más de cien países, de los más variopintos pelajes e ideologías, aunque coincidentes, a su manera, en la admiración por el héroe, fue extraordinaria. Creo que ningún líder mundial, a lo largo de los últimos cincuenta años, ha logrado tan ecuménico reconocimiento. Mandela, tras acabar de cincelar su personalidad y pensamiento en el sufrimiento y la humillación de la cárcel, brilló a gran altura como estadista en un momento crítico para Sudáfrica, logrando acabar pacíficamente con la anacrónica, injusta e insostenible dominación afrikáner, de raíces culturales e intelectuales más hondas de lo que sospechamos.  Pero, además del reconocimiento universal, cabe extraer sucintamente,  algunas enseñanzas de su figura y trayectoria.

Una, la complejidad del hombre. Mandela no siempre fue ejemplar en su faceta pública, y no lo fue nunca en la privada. No era perfecto; él mismo contaba con pesar sus debilidades y dudas  como marido y como padre. Nuestras sociedades, víctimas acaso de lo que Vargas Llosa llama civilización del espectáculo, someten a escrutinio la vida privada de sus líderes, valorando más las virtudes personales que las públicas, frivolizando lo complejo. Quizá nos equivoquemos. Miremos al universo democrático del siglo XX: muchos de los gigantes que lo forjaron no fueron virtuosos. No lo fue Roosevelt, quizá el gran presidente estadounidense del siglo, con su compleja situación matrimonial y un discreto éxito como padre, lo mismo que Reagan. Churchill –curtido como periodista en la guerra contra los bóer, precisamente- gustaba en exceso del alcohol y las deudas. Y antes de ser “premier”  tomó decisiones garrafales. Clemenceau tenía potentes aristas públicas y privadas. Como, en España, nuestro Rey. Quizá una excepción fuera de Gaulle. Pero prestamos ahora más atención a los embrollos sentimentales del  Elíseo o a los sorprendentes devaneos funerarios con la primera ministra danesa  que a la obra política de nuestros líderes. Quizá, también, porque la irrelevante dimensión pública de algunos líderes es eclipsada por la privada, mucho más sabrosa. Pero esa es otra historia.

Dos, su legado como forjador de nación donde había tribus, tejiendo concordia y unidad –pese a su coqueteo efímero  con la violencia revolucionaria, cuando el influjo revolucionario de los hermanos Castro apartó al Partido del Congreso de su tradición pacifista, en la estala de Ghandi, otro que recaló unos años en Sudáfrica-  en un territorio de historia de pólvora y sangre,  sumando a los rebeldes inkathas y rematando la jugada con aquellos campeonatos que nos contó Clint Eastwood en “Invictus”.   Cuando en occidente las sociedades parecen fragmentarse y deshilacharse, cuando en España –y en Europa- las fracturas partidarias, económicas  o territoriales, como esos suicidas nacionalismos periféricos distorsionadores de la realidad, frustran acuerdos sobre casi todo en momentos cruciales, ese ejemplo de generosa concordia y unidad resulta ejemplar.

Tres,  la gestión de lo cotidiano es aburrida, tediosa y lleva al desencanto: logrado lo esencial –en este caso, la desaparición del apartheid sin derramamiento de sangre- surge la tediosa “intendencia” : Sudáfrica es ahora un país igual en derechos y obligaciones legales, pero incapaz de resolver los problemas que causan, como una creciente desigualdad económica entre negros, “coloured” y blancos, o entre los propios negros. Generalmente,  el desafío dela cotidianeidad es más complejo de resolver que los retos esenciales, quizá por ser más propicio al tedio que a la grandeza. La normalidad es aburrida y los marcos institucionales, por magníficos que sean, no nos hacen mejores, como señalaba Savater hace unos días en un artículo

Semanas atrás decíamos que vivimos en un mundo sin respuestas. Quizá Mandela fuera una. Por ejemplo.

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Sobre el autor

Tras un cuarto de siglo –y lo que quede- dedicado a la investigación social aplicada en el sector privado, en el público y al alimón, quizá fuera el momento de saltar a la palestra que me ofrecía El Comercio y aportar algo –o intentarlo, al menos- a la reflexión serena y, en lo posible, documentada y original, sobre lo que nos pasa.


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