Etelvina, mi bisabuela, enviudó joven, haciéndose cargo de los negocios de Anselmo, su marido. Debía ser –murió en 1930- una candasa tremenda: en jerga políticamente correcta, no sólo ejerció con éxito como madre sola, sino que fue una emprendedora que consolidó, expandió y diversificó sus negocios, generando además sinergias entre ellos. Porque llegó a ser armadora, empleando marineros que luego gastaban parte del quiñón en sus casas, sus panaderías o en su negocio original, que era una tienda-café. O así consta en el Censo Industrial y de Comercio de la época. Una de las claves estaba en vender a crédito. Anotando con sumo cuidado. Porque los marineros y los campesinos –que en España y hasta 1950, suponían más de la mitad de los ocupados; en Carreño seguramente más-trabajaban por costeras y cosechas. Como las conserveras. O alternaban trabajos por temporadas. Eran temporeros. No disfrutaban de ingresos fijos, ni por cuantía ni por periodo de cobro. Vivían al albur. A partir de los años 50, la industrialización –en Candás, fue Ensidesa- y la eclosión de servicios y administraciones públicas cambiaron radicalmente la situación, generando una enorme masa de asalariados que cobraban un fijo todos los meses.
Sesenta años después, y tras seis de crisis, vuelven los temporeros, no sé si para quedarse. Porque las postrimerías de 2013 nos dejan una buena y una mala noticia: la buena es que por vez primera desde 2007, acabaremos el año con la afiliación a la Seguridad Social estabilizada, incluso crecida, sin que medie creación de empleo público. La mala, además de las conocidas rebajas salariales y lo que oculte la eclosión de los autónomos, es el notable aumento de las oscilaciones estacionales en algunas ramas de actividad. Porque los altibajos rama a rama son considerables, aunque compensen unas con otras. Orillando el sector primario, las variaciones son notables donde son previsibles, como en los hoteles, donde la oscilación alcanza el 70%, o en bares y restaurantes, con un 25%. Incluso en el comercio, donde se anotan vaivenes de unos 50.000 ocupados entre verano e invierno. Sorprende más la rama administrativa, que se infla significativamente con la campaña del IRPF. O sectores inesperados como las Administraciones Públicas -con variaciones del 3%- y ¡la enseñanza!: este verano, las afiliaciones cayeron un 25%, de 775.000 a 600.000. Me dirán que eso siempre pasó. Sí, pero es que la estacionalidad en estos sectores casi duplica los niveles precrisis. Sólo en las ramas citadas se superan los 500.000 temporeros. Añadan los de otros sectores, más los temporales contratados por días, semanas,…
Indudablemente, la estacionalidad más desconcertante es la creciente de la enseñanza, equiparable ya a la hostelera. Vale, muchos trabajan en academias y centros similares. Pero la temporalidad empieza a ser común en colegios privados…y públicos. Y no parece ser la mejor manera de exigir, comprometer, motivar y prestigiar a los docentes, responsables de una de las claves, según apuntan todos los informes, para nuestro futuro: la educación de nuestros jóvenes. Quizá podamos apuntarnos el tanto de haber dejado atrás, por fin, la destrucción de empleo. Pero el desafío, ahora, es no regresar al albur de los tiempos de mi bisabuela Etelvina.