Confieso que me disgustan esos anuncios navideños que apelan a supuestos valores patrios: lo que sabemos disfrutar de la vida –como si colombianos o alemanes no supieran-, nuestra solidaridad… Aunque loables, transpiran un tufillo pesimista, de consuelo, que recuerda al celebérrimo pasodoble flamenco (de Bélgica) “Eviva España”. Sí, el que popularizó en versión española, mucho menos risueña que el original belga, Manolo Escobar, el de “los que lloran cuando tienen que marchar”. Más allá del desempleo y la emigración, la gran consecuencia de la crisis es el robustecimiento del inveterado fatalismo español, siempre cimero desde el “miré los muros…” de Quevedo hasta los CIS de la última prosperidad. Y más cuando por vez primera parecía que podía superarse, soñando quiméricamente no sólo con ser de la “champions” sino con exportar la siesta a Europa.
Siempre he pensado que el actual fatalismo sobre nuestro futuro descansa, mayormente, sobre un ¿deliberado? desconocimiento de nuestro pasado y nuestro presente. Lejos de contemplarnos como un caleidoscopio de claroscuros, hemos dado por buenas las “versiones grotescas sobre los españoles como individuos y colectividad”: esa “leyenda negra” de incierto origen que algunos historiadores se aprestan ahora a desmontar. Es un fenómeno insólito en el mundo, por más que nuestro desconcertado Occidente empiece a comprar la suya. Hace unas semanas pude visitar en nuestro magnífico Palacio Real la exposición “DeTiziano a El Bosco”, de la que emerge un Felipe II refinado y renacentista, mecenas de artistas del fuste de Tiziano, el Bosco o Patinir, que ya nos desvelara Kamen dibujando un personaje cuando menos poliédrico, alejado de la oscura sobriedad del tópico popular. En uno de los mejores -y más maltratados- espacios urbanos del mundo, el Paseo del Prado, el casi clandestino Museo Naval recuerda las hazañas de un olvidado Blas de Lezo, que otras naciones celebrarían como héroe nacional. Nuestra historia, aún con esos claroscuros, es magnífica. Ni siquiera nuestro largo, convulso y anómalo XIX difiere excesivamente del europeo. Especialmente en lo político. Sí, nos pilló cansados, perdiendo un imperio mientras otros lo construían, enzarzados en cuatro guerras civiles –aceptando que el XIX alcance 1939- e incapaces de una industrialización como la europea, que terminó por lastrar la modernización política y social, por más que Merimée observara algunos progresos en sus recurrentes visitas a la condesa de Teba. Pero todo eso lo haríamos definitivamente, con cierto éxito, a partir de 1950.
Y hasta ahora. Porque el presente no nos separa ya demasiado de algunos de los “buenos” de Europa, como Francia o Italia. Tampoco la corrupción. Ni las deudas. Nuestro delicado momento nos impide celebrar hechos como esas exportaciones cuyo crecimiento septuplica a las alemanas y europeas, con los bienes de equipo, principal rubro de exportación, subiendo un 14%. O que, por fin, crezcan los ingresos fiscales. O la estabilización del empleo. Les animo a ver el vaso de 2014 medio lleno. Aún nos quedan por delante esfuerzos formidables. Pero lo serían menos con un proyecto ¡ay! nacional y europeo y, sobre todo, confiando en nosotros mismos. Críticos pero no demoledores. Porque España es mucho más que fiesta y solidaridad.