La Ópera de Sidney, el más legendario de los sobrecostes. Diseñada por Jorn Utzon, costó quince veces lo presupuestado y tardó dieciseis años en completarse.
Al hilo de los enredos panameños de Sacyr, saltaba hace días el espinoso asunto de los sobrecostes. Que no son sólo los del Canal, sino los de tantas obras cercanas, desde la Variante paxariega al Muselón. Y, a medio camino, el inacabable HUCA. Estábamos convencidos de que eran algo “typical spanish”. Tanto como otros sobres. Sin embargo, una vistazo a internet desmiente la supuesta especificidad española del sobrecoste, demostrando que, muy al contrario, es una preocupación casi universal. Y se traduce en numerosos artículos académicos y periodísticos analizando no sólo el monto y pautas de esos sobrecostes, sino también sus causas.
Lo primero que se constata es que es rara la obra civil que se recepciona al precio presupuestado. Así, y por ejemplo, un grupo de investigadores daneses, alarmados por los costes finales de uno de los puentes que enlaza el territorio continental danés con sus islas, y a estas con Suecia, y quizá temiendo que fuera algo específico de Dinamarca, indagaron mundo adelante por los sobrecostes en veinte países de los cinco continentes. Y se encontraron que no sólo era un fenómeno global, sino que afectaba al 90% de la obra pública, en cuantías que, en promedio, eran del 45% en ferrocarriles, el 34% en enlaces fijos -puentes y túneles- y de un 20% en carreteras, siendo la media total del 28%. Los desfases eran aún mayores en los países en desarrollo (quizá por ello, algunos emergentes, ya no tan en desarrollo, son ahora más estrictos). Además, no se habían reducido a lo largo de los últimos 70 años. Otros estudiosos calculan que los Estados Unidos pagan todos los años 55.000 millones de dólares en sobrecostes. En Alemania están verdaderamente preocupados con el asunto: el inacabable aeropuerto de Berlín cuesta ya el doble de lo presupuestado. La extravagante Ópera de Hamburgo está parada por falta de financiación. Y la remodelación de la estación de tren de Stuttgart, que necesitó un referéndum popular, está también parada por los desfases presupuestarios. Un caso legendario: la Ópera de Sydney costó ¡15! veces más de lo presupuestado.
No hay tanto acuerdo, sin embargo, en las causas. Más allá de motivos psicológicos –los mismos que, a escala doméstica, nos llevan a terminar pagando el doble de lo pensado por el arreglo de la cocina- parece que se alían variables como el recelo de los políticos a revelar al elector el coste real de algunas infraestructuras, la complejidad –y paradójicamente, la transparencia- de los trámites de contratación y financiación –siempre escasa-, la supervisión política y no técnica de las obras, así como la tendencia de las contratas a rebajar sus ofertas.
Nada, por tanto, específicamente español. Pero quizá deberíamos preguntarnos con ahínco danés o estadounidense si nuestros sobrecostes estarán por encima de la media –no lo sé-, su porqué, si se queda dinero “por el camino” y cómo reducirlos. Y, desde luego evitar el peor sobrecoste: despilfarrar en obra innecesaria. O, lo que es lo mismo: aplicarnos en eso de vigilar el destino del dinero de todos.