Tomen un barrio de capas medias, trabajadoras, construido apresuradamente al pie del acceso y travesía por la antigua nacional durante los años sesenta. Añadan un proyecto aparentemente atractivo que pretende embellecerlo. Y que figuraba en el programa electoral de los dos partidos mayoritarios, que reunieron, en 2011, un 70% del voto en el barrio. Un proyecto que pasó un concurso de ideas aprobado por unanimidad. Que fue publicitado en la página web del ayuntamiento. Que ha seguido una tramitación administrativa legal y transparente. Y que, cuando se pone en marcha, enciende un polvorín.
Apenas conozco a nadie en Burgos, pero por lo que leo y lo que me cuentan desde allí, eso es lo que ha ocurrido. Más allá del vandalismo instigado por algunos extremistas y del irresponsable precedente de las autoridades, reaccionando sólo ante el incendio callejero, tan vistoso para los medios nacionales y extranjeros, creo que el problema es otro: ¿cómo es que un proyecto anunciado, votado, que goza de consenso político y de todas las bendiciones administrativas, es rechazado por la ciudadanía? Porque, como me dicen desde Burgos, “no conozco a nadie que apoye el proyecto”, pese a que no hubiera, hasta ahora, manifestaciones masivas. En realidad han fallado todos los mecanismos de representación, participación y legitimación democrática. Asoma una democracia huera, en la que los ciudadanos votan sin leer programas electorales; los políticos, autistas, tratan de legitimar sus proyectos apoyándose en comisiones vecinales manipuladas – no sólo en Burgos- y los vecinos sólo convocan plataformas de emergencia cuando el desatino parece inevitable. Porque, aparentemente, el bulevar proyectado parece, cuando menos, discutible, cerrando al tráfico privado uno de los principales accesos a la ciudad desde el extensísimo espacio industrial que la circunda. Algo así como cerrar Constitución en Gijón, pero sin distribuidores como Juan Carlos I o Manuel Llaneza que lo descongestionen antes de alcanzar el centro urbano.
Quiero pensar que, por fin, algo está cambiando. Parece que la espoleta del conflicto es la eliminación de las ya escasas plazas de aparcamiento. El “qué hay de lo mío”. Pero el relato construido a partir de ahí es algo más complejo. Aunque trasluzca “ressentiment” –quizá justificado- no sólo comprende el funcionamiento de esa pieza urbana, sino que también intuye mecanismos supuestamente corruptos de hacer ciudad que pudieran subyacer bajo el hermoso bulevar. Trasluce también una preocupación por el gasto público, por el uso de nuestro dinero. Parece que la ciudadanía no reclama revoluciones –mal que les pese a algunos- sino más exigencia y control a sus gobernantes. Ser escuchada. No es nada nuevo: en Gijón con la regasificadora o en Oviedo con el IBI vimos manifestaciones de mayor enjundia y diverso éxito. La ley ya prevé y obliga a establecer mecanismos de participación local. Democracia es más que votar cada cuatro años. Démosles vida. O quizá muchos regidores se encuentren pronto con problemas similares. Se acabó la épica del hormigón. A partir de ahora, con pocos recursos y una ciudadanía alerta, todo va a ser más complejo.