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Jacobo Blanco

Qué nos pasa

Creativos

Si preguntan a la gente por sus creencias, la norma al responder será la perplejidad. Por supuesto, hay quienes sí creen: en Dios, en algún ismo, sea libertario o colectivista… Pero son cada vez menos. ¿En qué valores funda su vida esa mayoría perpleja, además de pagar la hipoteca, criar hijos, consumir y buscar la aceptación social? Simultáneamente,  una minoría creciente parece apostar por un valor en alza: la creatividad. Cosa distinta es el uso, quizá perverso, que sufre. Especialmente en España, tan tendente al rentismo, improvisadora más que creativa.  Es habitual, por ejemplo, que las ofertas de empleo requieran perfil “imaginativo, con creatividad”. Aunque la misión del puesto quede en el aire: “es el trabajador el que perfila el puesto de trabajo y no a la inversa”, aseguraba  displicente un oferente de empleo a los “cuadriculados” que pedían un poco más de concreción. 

Y es que los “creativos” desdeñan a quienes, aparentemente, no lo son. O no hacen valor ni alarde de ello. Días atrás, un compareciente ante nuestra Junta General dijo ser Fidias 2.0. Cuentan las crónicas que se negó a contestar, arguyendo  a nuestros probablemente poco creativos representantes que él no se ocupaba de minucias contables, sino que estaba ¡creando! el mejor centro cultural del mundo.  A los “creativos” –que también suelen crearse un personaje- se les quedan comprensiblemente escasas las costuras legales y normativas. La paradoja  es que, en España, suelen “crear” gracias al dinero de todos; dinero que, supuestamente, requiere fiscalización. Hasta la empresa de Correa “Gürtel” se llamaba “Creative Team”. Y es que la contabilidad creativa no tiene precio.

Más allá de esa perversión banalizadora, la creatividad se desvela como clave de futuro. Quizá sea la paradójica consecuencia de ese nihilismo del hombre contemporáneo. De ese no saber qué hacer que marca nuestra época, indagando por respuestas y soluciones, que la recesión ha exacerbado. Consecuencia, en fin, del agotamiento de las sociedades burocratizadas, de organizaciones fordistas o, incluso toyotistas, ante el desafío de gobernar lo imprevisible, diverso y mundializado. Está, además, su faceta liberadora, aquel sé tú mismo sesentayochista. Richard Florida teorizó sobre la “clase creativa” como clave de la prosperidad de las ciudades. Aunque se refería a los trabajadores altamente cualificados, en España lo interpretamos como un eco de elites muy mediáticas, casi alternativas, de Seattle o San Francisco. Por eso nuestros políticos se aprestaron a crear, desde “arriba” ¡ay!, esa nueva clase, buscando clonar a Bill Gates o Silicon Valley en su ciudad. Sir Ken Robinson cree que la creatividad será tan importante como la alfabetización para adaptarse un futuro desconocido. Y propone revolucionar la educación para potenciarla. Sin duda, ser creativo es un valor en alza. El liderazgo pertenecerá a individuos y territorios creativos. Constituirán una nueva élite.

Por cierto: en 2013, Asturias presentó 125 patentes, el 1,6% de una España de por sí lejana de Francia e Italia, añoslucista de Alemania, Corea, EEUU.   ¿Nos aprestamos  a adaptarnos creativamente al futuro? ¿O sólo a resistir intentando conservar  las rentas del pasado?

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Sobre el autor

Tras un cuarto de siglo –y lo que quede- dedicado a la investigación social aplicada en el sector privado, en el público y al alimón, quizá fuera el momento de saltar a la palestra que me ofrecía El Comercio y aportar algo –o intentarlo, al menos- a la reflexión serena y, en lo posible, documentada y original, sobre lo que nos pasa.


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