La ocupación de Crimea como una nueva Renania por el zar Putin desdibujó la celebración del primer aniversario de la muerte de Hugo Chávez por un chavismo tambaleante. Si el caudillo bolivariano supo mantener cierto equilibrio en el delgado filo que separa lo dictatorial de lo aparentemente democrático y lo arbitrista de lo razonable; Maduro, su sucesor, parece haber perdido pie.
Apunta el profesor (y activista) Monedero, apologeta “crítico” pero ilustrado del chavismo, que Chávez legó un “populismo flexible”. Un régimen en el que Chávez se hacía pasar, al decir de una de esas pintadas laudatorias que proliferan por Caracas, por “nuestro infiltrado en este gobierno de mierda”. Frase sutil y compleja, que define algunos rasgos básicos y de un régimen ambiguo, cuya argamasa era el propio Chávez. Resultado del populismo fue el arbitrismo político y económico. Por eso, ya en vida del comandante, las clases medias crecían menos que en otros países latinoamericanos. Y la inflación andaba disparada. Un alza que se intentaba combatir regulando precios por decreto. La consecuencia fue la quiebra de numerosas industrias: el abastecimiento nacional ha pasado del 70% al 30%. Ahora el problema es la falta de divisas para importar. Así que los anaqueles de los comercios empiezan a clarear: los venezolanos sufren escasez de casi un tercio de los productos básicos.
Un desastre enmascarado, siquiera entre las masas populares, por la facundia de Chávez y sus medios oficiales. Pero su legado fue, precisamente, ese “gobierno de mierda”, incapaz de enmascararlo. Ni aún con pajaritos susurrantes. Un gobierno encarnado por un mediocre Maduro elegido en ajustadísima victoria. Y en elecciones, digamos, propicias. Su atolondrada gestión ha exacerbado el arbitrismo. Cada nueva medida genera nuevos problemas que requieren nuevas soluciones. Fuente, a su vez, de problemas multiplicados. Sumen a ello la corrupción generalizada y una criminalidad disparada. Ya no funciona culpabilizar al “fascismo” ni al “imperialismo”. Venezuela afronta un momento decisivo, en el que el cierre de periódicos y televisiones, el amedrentamiento a la oposición y la violencia contra los manifestantes por parte de las milicias “populares” –veinte muertos- parece preludiar la cubanización del régimen. O su derrumbe. Porque ¿es posible esa cubanización con, al menos, la mitad de los venezolanos en contra? ¿Suplen los cien mil AK-47 que arman a las milicias populares esa carencia de legitimidad revolucionaria? ¿Qué dice el ejército? ¿Y la boliburguesía? ¿Puede gobernarse con medio país en la calle? Venezuela parece polarizada en dos mitades exactas. Está en el filo. Queda por ver hacia dónde cae en ese tenso equilibrio.
Sin embargo, en España, como en toda Latinoamérica, hacemos una lectura indulgente de lo que allí sucede. El chavismo recibe aquí, incluso, el “apoyo crítico” de formaciones políticas que se postulan “alternativas” al actual sistema. Sorprende que sean precisamente formaciones que predican la democracia a través del empoderamiento ciudadano las que niegan legitimidad a la ciudadanía opuesta al chavismo. Negando además causa alguna de tanta tribulación en su esencia arbitrista. ¿Es esa la alternativa? A veces quizá sea peor el remedio que la enfermedad.