¿Tan fácil es engañarnos? Ese, entre otros, fue el mensaje que Évole lanzó el domingo pasado con su reportaje-ficción. En plena hipermodernidad, no sólo dudamos de una realidad fragmentada, sino que le buscamos interpretaciones alternativas, entretenidas. A la carta. Creemos lo que queremos creer. Y escuchamos a quien cuenta lo que queremos que nos cuenten. Ese es, quizá, el secreto de Évole. Haciéndolo, además, emboscado como inofensivo españolito.
Desdeñamos así la Historia que nos cuentan los historiadores, frecuentemente aburrida y compleja, rica en matices. Es más excitante la alternativa, yuxtaponiendo explicaciones simples, aunque retorcidas, a mecanismos maniqueos. Surgen entonces las teorías conspiratorias: el 23-F fue un montaje del “establishment” para asustar al personal y consolidar la democracia partitocrática. Lo que vimos aquel día en el Congreso –unos minutos, el resto, dicen, nos lo han contado, pero nunca lo vimos- fue mera representación. Y sí, terminado el programa confesaron que todo era falso, un “fake”. Pero la duda queda sembrada… ¿y si resulta que la verdad es la que nos han contado pero no quieren decirlo (o no les dejan)? ¿Y si lo que nos cuentan es mentira, incluido, supongo, el propio “Salvados”? Ocurre lo mismo con el programa Apolo, objeto de otro legendario reportaje-ficción: uno de los más extraordinarios jalones de la epopeya humana, puesto en solfa por una creciente masa de población, en torno al 25% según algunas encuestas. O las extrañas, incluso desopilantes, teorías sobre el 11-S. Por no hablar de las leyendas tejidas en torno al Bildelberg o a Davos.
Por eso la hipermoderna “generación Telegón” –quizá también “la Madina”- contempló el programa como una revelación que desentrañaba ¡por fin! la perversa genética de nuestra democracia e iniciaba el disparo de salida hacia un nuevo régimen. Por fin, alguien decía lo que siempre quisimos oir.
La ficción realista está de moda. Copa titulares durante días. Como la tomadura de pelo de esa ETA que, intentando soslayar o retrasar la inevitable derrota, expuso pistolas, explosivos y lanzagranadas asesinos sobre la mesa, a modo de mercadillo, esperando al verificador que, sello y firma mediante, las verificara. O ese Debate que, más que debatir sobre la nación, quiso apuntalar al menguante (¿y deseable?) bipartidismo, abocado simultáneamente discrepar y a pactar para sobrevivir. Y, quizá, para que sobrevivamos.
Siempre hubo puntos de sombra en el 23-F. Mayormente, hipótesis sin confirmar, a veces interesadas; casi detalles ante lo obvio. Algunas sobre el rol previo del Rey. Pero, mayormente, el relato de esa jornada y sus preparativos parece hecho. Sorprende que, cuando más abundante es la información disponible, menos creemos en ella. Quizá porque la cantidad no equivale a calidad. Y requiera capacidad crítica y relacional. Pero fíjense: revelaciones supuestamente sensacionales, como aquel Wikileaks que iba a estremecer al mundo, no aportó nada sobresaliente, más allá del matiz o el chismorreo, a lo ya sabido. Como las desclasificaciones periódicas de documentos anglosajones o rusos.
A ver si, al final, el mayor secreto de nuestro tiempo es… que no hay secretos.