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Jacobo Blanco

Qué nos pasa

¿Esperando un 127?

Lo recuerdo como si fuera hoy. Aquel 127, conducido por un hombre joven y sonriente. Era Adolfo Suárez. Acaba de ser nombrado presidente del gobierno. Aquella estampa, rompía el estereotipo protocolario de párkinson y Dodge Dart, marcando el inicio de esa Transición añorada entre sus coetáneos, cuestionada entre los jóvenes. Dicen las encuestas de entonces que Suárez nunca fue excesivamente popular. Pero cualquiera tiempo pasado fue mejor, y un país envejecido se apresta a la nostalgia. Y a desear que el presente se asemeje al recuerdo de entonces. Pero no hay tiempos iguales.

Muerto Franco, la incertidumbre era inmensa. Vivian aún los combatientes de “nuestra guerra” al decir de entonces. Que, mayoritariamente, no querían volver a ella. España, además, se había modernizado: era un país industrial con clases medias. Aquella incertidumbre, casi miedo, ha devenido ahora en cierta temeridad. Creemos garantizada lo fundamental, la convivencia, hagamos lo que hagamos. Y que, si se quiere algo, basta desearlo. Galopan incluso minorías vándalas, casi terroristas, provocadoras, adalides de la revolución pendiente, violenta, anarcoide o bolivariana, que proponen poner en jaque todo el modelo de convivencia. Son esos que ahora cuestionan a Suárez porque no la hizo… y porque les tapó el 22-M. 

En 1976 se sabía cuál era la meta. O, más bien, la sabían Suárez,  el Rey y el asturiano Torcuato Fernández-Miranda: un régimen político homologable a los lo que, entonces, se llamaba Comunidad Europea. La ciudadanía, por aquellos días, tenía clara la dirección –la “apertura”- pero no la meta ni, desde luego, cómo alcanzarla. Mérito principalísimo de aquel triunvirato fue tener ideas claras y ejecutarlas elegantemente  en tres saltos clave, refrendados por las urnas: ley para la Reforma Política, elecciones libres constituyentes y Constitución. Pero, ahora ¿hacia dónde queremos ir? Orillando el debate monárquico – curiosamente, entre las instituciones menos mal valoradas- o el catalán, las reformas más reclamadas no suscitan unanimidades ni son tan obvias ni esenciales como en 1976. Por eso, aunque muchas, sino todas, cabrían en leyes orgánicas o de rango inferior, el acuerdo reformista es difícil. O subrepticio. Pero también porque afectaría al poder mismo, partidista… y ciudadano.

Además,  de acuerdo en lo fundamental, con ideologías desdibujadas por un pragmatismo ramplón, insertos en la UE y el euro, se enfatiza la diferencia en lo “secundario” para captar clientelas electorales amplias en sociedades astilladas y plurales: educación, aborto (pretendidos “domaines réservés” izquierdistas), descentralización, matices en política social…. Paradójicamente, el que en 1976 las posturas políticas fueran nítidas -Izquierda más o menos marxista, Derecha más o menos franquista, aunque compartiendo un tanto de liberalismo y, sobre todo, liberalidad-  más la incertidumbre y conocer la meta, facilitó el acuerdo sobre lo esencial.  

Parece añorarse el consenso. Pero en una España contradictoria que aborrece el “pastel” desde, al menos, los tiempos de Martínez de la Rosa, “Rosita la Pastelera”, ese acuerdo aparentemente deseado no parece realmente apreciado por una ciudadanía que tiene aún bastante de “hooliganismo” ideológico. No lo fue tampoco durante la Transición, cuando el consenso –percibido con frecuencia como “chaqueterismo” en un país de cosas claras y chocolate espeso, poco dado a sutilezas- sugería melífluso acuerdos en vez de sutiles arreglos para arreglar la convivencia de todos. Ni lo es ahora: miren el recelo hacia eso del “PPSOE” o a cualquier pacto… 

Lo que sí es seguro, sin embargo, es que, con o sin motivo, sí parecemos añorar liderazgos empáticos, capaces de romper el “inmovilismo”, interpretando la confusión ciudadana, dándole forma legal. A alguien que llegue al poder en un 127. O, bueno, quizá en un Ibiza.  Y aunque sea para destruirle después.  

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Sobre el autor

Tras un cuarto de siglo –y lo que quede- dedicado a la investigación social aplicada en el sector privado, en el público y al alimón, quizá fuera el momento de saltar a la palestra que me ofrecía El Comercio y aportar algo –o intentarlo, al menos- a la reflexión serena y, en lo posible, documentada y original, sobre lo que nos pasa.


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