Empieza la campaña de las elecciones al Parlamento Europeo. Y las incógnitas planteadas son: ¿cuál será la (escasa) participación? ¿Cuánto menguará el bipartidismo? ¿Qué partidos se beneficiarán de la esperada mengua? Y, como si fuera la “Champions” ¿cuál de los dos grandes ganará y por cuánto? Añadan, además, las consecuencias del resultado, aliñadas con cierto morbo. Cuestiones todas en clave española. Ni electores ni candidatos plantean las elecciones en clave europea. Tampoco, me da la impresión, en ningún otro país. En pleno apogeo del euroescepticismo, el Parlamento Europeo es percibido como un retiro dorado sin apenas implicaciones en nuestra vida cotidiana. Así que su elección propicia la colleja a los partidos y políticos locales. ¿Que convertimos el hemiciclo de Estrasburgo en un parlamento de antieuropeos, xenófobos, ultras, populistas o prófugos? Da igual. Total, para lo que sirve, bien está lo que elijamos…
Desconcertado, como elector, me pregunto si alguien, fuera de sus países, sabrá quienes son los señores Schulz, Juncker o Verhofstadt. Porque estos caballeros de nombre impronunciable para un español son los candidatos a encabezar una Comisión y, probablemente, un Parlamento, que acumulan creciente poder. Sería el presidente, formal, de la Unión. El Mister Europa que demandaba Kissinger. Pero su invisibilidad no sorprende. No sólo están lejos, sino que su discurso es casi indistinguible. Tecnocrático y frío en la forma. Coincidente en el fondo: todos recurren a la llamada “Europa social”. Discrepan en unos puntos arriba o abajo de déficit –más énfasis en la austeridad o en el gasto- o en la premura y ambición de algunas políticas sociales a escala europea; verbigracia salarios mínimos o seguros de desempleo. También en algo tan abstruso como el grado de federalismo de la Unión, especialmente los liberales. Pero sus discursos carecen de pasión, de empatía capaz de acercar estos asuntos a una ciudadanía a la que le desbordan, aunque le afecten y mucho. Echo de menos, sobre todo, un discurso nítido, potente, sobre el rol de la Unión en el mundo y cómo alcanzarlo. El lamentable papel en la crisis de Ucrania debería haber servido de revulsivo, político y ciudadano. Y, sin embargo todos los candidatos se limitan a esgrimir las consabidas sanciones, rechazadas por Alemania, dejando entrever una asombrosa falta de liderazgo. Porque, creo, Europa es más que programas de estabilidad y manguerazos de liquidez.
Decíamos que en España, como en otros países, votaremos en clave interna. Más allá de declaraciones pintorescas de alguna candidata, mostrando una preocupante entropía neuronal, los grandes partidos se tiran los trastos a la cabeza (lo justo para reforzarse mutuamente sin hacerse mucho daño) trasladando, incluso, sus supuestas cuitas ideológicas al escenario europeo. Sin embargo, Europa es un espacio de consensos continentales alcanzados pese a notables contradicciones e intereses nacionales. De ahí el discurso indistinguible. Y es que, en realidad, la Comisión, el Consejo y el plural Parlamento que elegiremos, están y estarán gobernados, seguramente, al alimón por populares y socialistas. Elegidos según cuitas y cuotas nacionales. Supongo que, por ahora, Europa es paradójica o no es.