Seguro que ya lo han comprobado. Y, si no, prueben. Busquen “porno”, “porno gratis” o “free porn” en internet. El resultado son 240, 8,8 y 573 millones resultados, respectivamente. Muchos de ellos, con cientos de películas perfectamente clasificadas por categorías sorprendentes. Pero más sorprendente aún es la posibilidad de acceder, en muchas, a sus contenidos no ya sin pagar, sino sin filtro alguno.
Bueno, me dirán, la pornografía es tan antigua como el hombre. Y sí, tienen razón. Los lupanares de Pompeya conservan, aún hoy, decoraciones abundantes en sicalipsis. Pero la pornografía fue siempre una actividad discreta, aunque pública. Siempre intervenían terceros y se pagaba por ella. Los pompeyanos pagarían, supongo, por visitar sus lupanares. Como se pagaba por soportes como el cine –aquellas salas X de la transición- o las revistas. Incluso los CDs enviados a domicilio requerían el conocimiento de terceros. Sin embargo, y desde hace poco más de una década, internet se ha convertido en el canal perfecto para divulgar la pornografía. Es discreto, privado y gratuito, siquiera en teoría. Cualquiera puede acceder a contenidos explícitos sin recurrir a terceros. Y, por tanto, su consumo se ha disparado.
Paradójicamente, el pirateo y la recesión están reduciendo los ingresos –se habla de unos 2.000 millones de euros- de un sector que, en los Estados Unidos, donde algunas empresas cotizan en bolsa, es objeto de análisis social y empresarial. Las consecuencias, según la versión estadounidense del Huffington Post son, desde la oferta, una “macdonalización” salarial y una “creatividad” creciente que implica “todo tipo de fornicación concebible (y algunas inconcebibles)”. Por el lado de la demanda, el informe “Pornographic Statistics” (sic) recopiladas por una empresa, Covenant Eyes, especializada en filtros para internet, muestra cómo la creciente accesibilidad está reduciendo la edad de la primera exposición a sus contenidos. Alerta sobre la violencia de muchas de las escenas accesibles por cualquiera y de cualquier edad con una conexión a internet. Y de cómo más del 60% de los padres no tiene filtro alguno para este tipo de contenidos en el hogar. Los adolescentes, además, son más capaces de ocultar pistas sobre sus visitas que sus padres de seguirlas.
Se preguntarán por qué abordo asuntos así. Guste o no, la industria para adultos es, más que nunca, parte de la realidad social. También de la de niños y adolescentes para los que el porno es su única escuela de sexualidad, sin distinguir que lo que esos vídeos cuentan son, precisamente, fantasías. Días atrás, en un Instituto (no asturiano) una cría de doce años, de esas “espabiladas”, pretendía reconciliarse con una amiga proponiéndole, con toda naturalidad, y por escrito, juegos sexuales irreproducibles en esta columna.
Quizá en España no seamos conscientes aún de las consecuencias del acceso privado, libre, gratuito, a la pornografía. En otros países el debate está ahí. Su posible influencia en la baja de las agresiones sexuales. O la capacidad para modelar la sexualidad adolescente. Quizá los españoles deberíamos plantearnos también el debate. Sin mojigaterías beatas ni “progres”. Sin rijosidad. Seriamente.