Las elecciones al Parlamento Europeo, proclives a la espontaneidad y al voto experimental, se convirtieron en un test de estrés social. El resultado, además de la fragmentación del voto –consecuencia, también, de la creciente diversidad social- es un 20% de voto radical, muchas veces inclasificable, alejado del dogma derecha-izquierda, desbordado por fuerzas transversales como el Front National: nacionalismo y xenofobia compatibles con amplios programas sociales, ribetes casi feministas e intervencionismo simplificador. Resplandece esa Francia “qui tombe” (Beverez en ¡2003!) pero no le andan a la zaga epítomes de la felicidad y el bienestar como Holanda o Dinamarca. España votó con pautas europeas. La izquierda se astilla en una constelación de partidos más o menos radicales, nacionalistas o social-liberales. La derecha sufre una abstención expectante –¿desprecio y no hacer aprecio?- añadiendo, a la tradicional fractura nacionalista, y como en aquellos años ochenta del CDS, el PRD, la UL o el PDP, otra adicional a través de Ciudadanos, Vox (cuyo recorrido parece terminado) o esa UPyD de afán social-liberal que, empero, suma voto de la derecha moderada. Pero el PP retiene, por ahora, la gran mayoría del voto a la derecha de la izquierda.
España tiene también su cuota populista. Podemos –también otros- tiene, por ahora, bastante de ello: hiperliderazgo, “círculos” manejados quizá al modo complutense-bolivariano y, desde luego, un programa algo anacrónico y déjà vu que, cual bálsamo de Fierabrás, resolverá problemas complejísimos “facilísimamente”. Apelan también al enemigo externo (“echar a perros corruptos”, “casta”) o se autoatribuyen la representación ciudadana con el 8% del voto. Pero aporta, sin embargo, la frescura de una nueva e interesante forma de hacer política: low-cost, sin apparatchiks, redes sociales, crowfunding, una transparencia ejemplar, mensaje efectivo, empático, y utilización del espectáculo televisivo (¿han reparado en cuántos candidatos-tertulianos concurrían a estas elecciones?). Veremos cómo evolucionan programa y organización ¿Al modo de los Verdes, proponiendo nuevos paradigmas, transformando al sistema y dejándose transforma por él? ¿O M5S, poco más que una grillera incapaz, en general, de hacer política? Podemos es reflejo también de una sociedad desencantada que, en parte, mira a la izquierda como refugio capaz de proporcionar ilusión y seguridad ante el proclamado fracaso del “neoliberalismo austericida”. ¿Consecuencias? Asistiremos a movimientos dentro de la izquierda que sorteen las dificultades que impone la circunscripción provincial: bodas, fusiones y adquisiciones. Y el PSOE reformulará por enésima vez programa y liderazgo, buscando su menguado nicho electoral, mientras se acostumbra, quizá, a no ser ya el gallu de una izquierda fragmentada. Los cambios a diestra serán más sutiles, condicionados por la acción de gobierno, la reacción de su electorado ante la partida que se juega a la izquierda y la personalidad mejillonesca del señor Rajoy.
Por espontáneo y experimental que sea el voto europeo, siempre apunta tendencias. Aunque mejore la economía y el Gobierno encuentre relato y abstencionistas, el sufragio antisistema podría alcanzar en 2016 el 20-25% y 50 diputados. Un Parlamento fragmentado, polarizado que, como el estrasburgués, quizá deberá culminar un proceso “reconstituyente”, abordando cambios aplazados durante décadas. Y que, para legitimarse, debería contar con todos. Quizá haya llegado, como en tantos países, el momento de hablar, del pacto y la coalición. ¿Será posible la conversación y, sobre todo, la cesión y el acuerdo mutuos entre el PP y Podemos o quien ocupe su nicho de mercado electoral? El preámbulo serán las próximas municipales y autonómicas. ¿Será posible el pacto con tanto estrés?