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Jacobo Blanco

Qué nos pasa

¿Republicanismo “felipista”?

Artículo publicado en El Comercio en enero de 2013

Las últimas encuestas publicadas estiman el apoyo a la monarquía como forma de estado en torno al 55%, frente al 40% que recibe la república.  Naturalmente, estos resultados han disparado las  alarmas. A la crisis económica se añadiría otra, institucional, en la cúpula del estado. Lo que nos faltaba. Caben, sin embargo, algunos matices. Primero: la monarquía no sólo es la forma de estado preferida, ahora mismo,  por los españoles, sino que, además, su erosión parece detenerse a lo largo de 2012. Y ello pese que el año pasado se rompió el tabú sobre el Rey y la real familia. Segundo; la figura del Rey y, sobre todo, la del futuro Felipe VI gozan de mayor aprecio que la Corona.  Pero ha sido la figura de don Juan Carlos –y no la monarquía- la que ha sufrido más desgaste en estos meses. Con todo, el Rey y el Príncipe reciben un notable apoyo en el desempeño de sus funciones institucionales, que alcanza el 70%. Porcentajes similares creen que la institución está consolidada. Y, tercero: el desgaste de la monarquía y del Monarca es muy inferior al de otras instituciones, trituradas por  su aparente inoperatividad ante la crisis y las corruptelas de cada día. Por no hablar del desprestigio de políticos, partidos y sindicatos. En realidad, es la monarquía –junto con las Fuerzas Armadas y las de Seguridad- la única institución que pasa el aprobado de los españoles.

Ahora bien, que la monarquía, el Rey y, sobre todo, el Heredero, gocen de sólido apoyo, no supone que las cosas vayan bien.  Porque  los más jóvenes son mayoritariamente republicanos. La monarquía se ha legitimado sobre el pasado inmediato: la Transición y el 23-F. Para  los jóvenes, prehistoria.  Jóvenes que además,  tras disfrutar una adolescencia bajo la prosperidad ladrillera, son ahora -60% de desempleo- las principales víctimas de la crisis. La monarquía ha de legitimarse por el sufragio secular –que en España  presenta muchos claroscuros-, por su presente –que ha de ser ejemplar- pero, sobre todo, por su utilidad para construir el presente y el futuro. Por cierto: creo que operaciones como el programa-homenaje de la televisión oficial  –afortunadamente, con escasa audiencia- no pueden ser más erradas. Un entrevistador versallesco,  un Rey avejentado. Y ambos mirando atrás con melancolía, sin atender apenas al presente y nada al futuro.

Es  bueno que caigan los tabúes. Los monarcas siempre han tenido que ganar su privilegio con el apoyo popular, construyendo relaciones sutiles, complejas y casi nunca fáciles. Felipe VI no será  excepción. Mejor apoyos críticos más o menos amplios que unanimidades prefabricadas. Crítica y también transparencia, que fuercen la ejemplaridad, la sencilla dignidad. Pero, además, la monarquía ha de acercarse a los grupos sociales emergentes. A los que sufren. Alentar reformas inaplazables. Auspiciar las nuevas ideas. Pero, sobre todo, demostrar su utilidad para construir un futuro mejor.  Y representar a esa España que bulle inquieta, aún juvenil.  Quizá por ello don Felipe es bien valorado por esos jóvenes republicanos. ¿Estaremos transitando ya desde el “juancarlismo” a un republicanismo “felipista”?

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Sobre el autor

Tras un cuarto de siglo –y lo que quede- dedicado a la investigación social aplicada en el sector privado, en el público y al alimón, quizá fuera el momento de saltar a la palestra que me ofrecía El Comercio y aportar algo –o intentarlo, al menos- a la reflexión serena y, en lo posible, documentada y original, sobre lo que nos pasa.


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