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Jacobo Blanco

Qué nos pasa

A la sombra de Wawel

La Monarquía de todos: de los poderosos (que dejan de serlo) y de los que pueden ( ser parte del sistema)

Cenando en Cracovia a la sombra del castillo de Wawel,  mi interlocutor polaco me dijo: “Envidio a España y su monarquía”. Extrañado de que un ciudadano del país de la Inteligentzia, de la República de las dos Naciones, hiciera tal afirmación, le pedí aclaraciones. “Ustedes tienen a una persona formada para representarles en la cúspide del Estado. Nosotros, sin embargo, tenemos que conformarnos entre lo que podemos elegir, que no es ni mucho ni bueno”. Eran los tiempos de los Kaczinsky. Desde entonces ha corrido mucha agua bajo los puentes del Vístula. Incluido aquel accidente aéreo que se llevó por delante a buena parte de la “casta” polaca.

Ahora, al socaire de la abdicación y la proclamación, algunos piden un referéndum que decida entre monarquía y república. Y me acuerdo de Cracovia. Quizá sea un privilegio disfrutar de un Estado que prevé quien  le representará en su cúspide y le forma específicamente para ello. Claro, me dirán, pero es un sistema no democrático. ¡Que se presente a unas elecciones! Discrepo. La Monarquía no es igualitaria. Pero creo que sí es democrática. El voto no es la única vía de legitimación. Y la Corona no se legitima mediante el voto –aunque implícitamente, también- sino mediante el refrendo constante, sutil,  crecientemente exigente, de una ciudadanía cuya relación con la Corona fue, es y será compleja.  Sin él es insostenible.  Y es precisamente esa  legitimación la que propicia y preserva su neutralidad y su “auctoritas”. La monarquía de todos –monárquicos, republicanos y accidentalistas- puede así sobrevolar la “potestas” de unas élites políticas, territoriales y económicas en permanente conflicto, ejerciendo la moderación, propiciando pactos y estabilidad, garantizando proyectos nacionales a largo plazo, exhortando a satisfacer expectativas ciudadanas. Algo utilísimo en un país tan complejo como España, donde, al contrario que en grandes repúblicas como EEUU, Francia o, incluso, México, un débil sentimiento nacional no siempre prevalece sobre  la discrepancia.

Por ello, cuando la ciudadanía percibe que el monarca ha dejado de cumplir ejemplarmente sus funciones constitucionales de representación y moderación, tiene que cambiar. O abdicar. Es, en esencia, lo que le ha ocurrido a nuestro Rey: tras un largo, fecundo y pacífico reinado, el desvelamiento mediático, algunos errores garrafales y una sorprendente falta de empatía, han llevado su popularidad a cotas insostenibles para una Institución de legitimación tan sutil, con un  43% de los españoles –más aún  entre los jóvenes- apoyando el republicanismo. Felipe VI heredará una Corona desprestigiada pero no inhabilitada. Por eso, le corresponderá proponer algo más sugestivo que el  “revival”  republicano (no sólo de la Segunda), devolviendo  prestigio y “auctoritas” popular a la Corona. Con frugal ejemplaridad. Con transparencia. Conectando, como conectó su padre en 1975, con el sentir mayoritario de la ciudadanía, quizá alentando ese anhelado proyecto “reconstituyente”, animando  a transformar los disensos de hoy en consensos lo más amplios e inclusivos posibles.  Sometiéndolos a referéndum, sin buscar unanimidades quiméricas.  También, para admiración de mi colega polaco, el rol de la Corona para las próximas décadas.  No es poco.  Pero o es algo así o no será.

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Sobre el autor

Tras un cuarto de siglo –y lo que quede- dedicado a la investigación social aplicada en el sector privado, en el público y al alimón, quizá fuera el momento de saltar a la palestra que me ofrecía El Comercio y aportar algo –o intentarlo, al menos- a la reflexión serena y, en lo posible, documentada y original, sobre lo que nos pasa.


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