Imaginen un territorio con las tasas mortalidad, envejecimiento y suicidio más elevadas de su país, la menor natalidad y el número de hijos más bajo, o casi, del mundo. No, no parece un lugar especialmente atractivo. Pero corresponde a la Asturias que, como otras fuentes, dibuja el Movimiento Natural de la Población para 2013 presentado esta semana. Asturias, poco a poco, desaparece.
Pero ¿por qué? La relación entre los ciclos de nacimientos y empleo es muy elevada, con un retardo de uno o dos años en la natalidad, dramáticamente afectada ahora por la crisis. Pero esa es una causa coyuntural. La escasa natalidad española y asturiana es estructural, permanente, síntoma de problemas también estructurales: durante el “boom” de 2003-2007, los nacidos en España eran menos que en naciones con tasas de ocupación similares a la española. Y es que nuestro empleo no es de la mejor calidad: bajos salarios (con un 60% inferior a 20.000€) y creciente temporalidad. Añadan las dificultades para conciliar, fruto de horarios algo extravagantes y de la escasez, quizá por mal pagados, de trabajos a tiempo parcial, tan frecuentes en la UE o EEUU. Acumulamos varias recesiones demográficas y el número de mujeres en edad fértil disminuye. Por último, nuestras políticas de apoyo a la familia y la maternidad, que podrían contribuir a amortiguar esos ciclos son muy escasas, limitadas a deducciones fiscales y pequeñas ayudas puntuales. Según Eurostat, Francia dedica 722€ por habitante y año a prestaciones familiares, Irlanda, 984€ y Finlandia, 911€. España, 318€ (y 777€ a desempleo). El mundo al revés. Si los registros de nacidos no están mínimos históricos es por los 80.000 nacidos del aporte inmigratorio. Y si esas son las enfermedades del cuerpo, las del alma no son menores: los españoles padecemos un pesimismo vital que no se disipa, ni tan siquiera, en tiempos de bonanza. Asturias amplifica este cuadro clínico, especialmente el referido a las enfermedades del alma.
Naturalmente, estas dinámicas demográficas acarrean consecuencias. Una sociedad envejecida consume menos que una más joven –en especial bienes duraderos o tecnológicos- lo que no favorece la demanda interna. Ni, por tanto, la producción. Se genera un círculo vicioso que afecta al crecimiento, al empleo y las rentas, a la base imponible, la recaudación, las políticas públicas y, de nuevo, a la natalidad, realimentando un bucle lento, como todo lo demográfico, pero imparable. Estamos ante un problema que condiciona nuestro futuro. Los asturianos somos una especie en extinción.
¿Soluciones? No son simples, especialmente para esas enfermedades del alma, ese pesimismo casi genético que, con la normalización de la planificación familiar, se ha trasladado a los paritorios. Pero tampoco para las del cuerpo: no es fácil crear empleo, especialmente de calidad, que anime nuestra demografía. Por más que nuestra economía ya cree empleo, queda mucho por perfeccionar, especialmente en su calidad. Debería apoyarse la conciliación, europeizando nuestros excéntricos hábitos horarios. E impulsar políticas públicas para la familia que al alcancen los niveles estimulantes de algunos vecinos. Estamos ante un desafío nacional, pero, sobre todo, regional, merecedor, cuando menos, de un amplio debate público.