Tras las subidas impositivas de los últimos años muchos se preguntan por qué con tipos daneses o suecos, no tenemos políticas públicas danesas o suecas. Una de las claves de nuestros impuestos es su escasa eficiencia: recaudan poco por comparación con la mayoría de nuestros socios comunitarios. Un 35% del PIB, cuando Dinamarca, Suecia o Francia rondan el 50%. Y, al contrario de lo que se suele pensar no es sólo el fraude, que si en España se estima en el 20%, en países como los citados frisa el 15%. Tampoco creo que nuestros regidores sean especialmente torpes –ni especialmente hábiles- comparados con los de otros países.
¿Qué pasa entonces? Los impuestos clave en España son IRPF, IVA, Impuesto de Sociedades, más las cotizaciones a la Seguridad Social. Pues bien: los ocupados en España –que son los que aportan IRPF y Seguridad Social- son, según la recientísima EPA, 17,3 millones. Para alcanzar una ocupación similar a la de países fiscalmente tan eficientes como Suecia, Dinamarca o Alemania necesitaríamos emplear a 23 o 24 millones de españolitos. ¿Nos faltan unos cuántos, verdad? Además, ganamos menos que ellos, unos 1700€ brutos de promedio por aproximadamente 2100€ en Francia, 2300€ en Suecia o 2050€ en Alemania. Y no tanto porque los trabajos allí estén mejor pagados, sino porque ellos tienen más ingenieros y nosotros más camareros. Las diferencias son más abultadas cuando observamos los salarios más frecuentes. Por supuesto, esos sueldos –y no digamos la renta disponible que dejan las onerosas hipotecas en las que tantos españolitos están embarcados-afectan al consumo: compramos menos coches, menos electrodomésticos y viajamos menos que otros europeos, ergo recaudamos menos IVA. O consumimos a costa del ahorro. Por último, nuestro tejido empresarial está más atomizado, más endeudado y es en general menos rentable que el de esos países, por lo que nuestra recaudación por Impuesto de Sociedades también se resiente.
Además, es falso que nuestras administraciones gasten poco. Por desgracia, destinamos a desempleo el 4% del PIB, más que cualquiera de nuestros socios europeos. Nuestro gasto por alumno, en cualquier nivel educativo, es superior a la media de la OCDE y al de países punteros como Finlandia, pero con resultados mucho más mediocres. Pero es que, además, ya destinamos a pensiones 130.000 millones de euros cada año (23 billones de pesetas). Y creciendo. España es, además, uno de los pocos países con un sistema de pensiones enteramente público. Al final, nuestro gasto público ronda el 50% del PIB, no muy lejos de la media. ¿Aún les parece que gastamos poco? Seguramente sí. Todas las encuestas apuntan a que reclamamos más gasto como solución a nuestros problemas, sin pensar de dónde recaudamos. Bueno, sí, “de los ricos” como si fueran la panacea. Miren lo que ocurrió en Francia. O lo que ocurría en el Reino Unido o Suecia en los años setenta. Y es que para disfrutar prestaciones suecas y sostenibles necesitamos, además de tipos suecos, la base imponible sueca. Y eso no se logra en meses, sino en lustros o generaciones. Pero debe ser nuestro objetivo. Nuestro sistema tributario debería, por tanto, contribuir a ese empeño. Mientras, quizá deberíamos agudizar el ingenio al recaudar y, sobre todo, al gastar.