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Jacobo Blanco

Qué nos pasa

Más perros que niños

Ramón Muñiz, a quien ustedes conocen por sus crónicas sobre infraestructuras, medioambiente y curiosidades varias en EL COMERCIO, me alerta de que entre pujoles, terror yihadista, violaciones que no son o disturbios en Misuri, florece alguna noticia interesante, aparentemente, sólo aparentemente, trivial: “Gijón  tiene más perros que niños”.  Ramón picó además mi curiosidad preguntándome por causas y consecuencias –y apunando algunas- sobre las que yo nunca había pensado, apuntándome algunas. Puesto a ello, comparto con ustedes las que caben en una cara de folio.   

Las mascotas, como animales de compañía por mero placer y afecto, sin fin utilitario, parecen ser un fenómeno relativamente reciente, ligado a la revolución industrial y la moral victoriana. Me objetarán, con razón, que  Leonardo pintó a su Dama del Armiño, Horenboult a Catalina de Aragón con su mono o Tiziano a nuestro Carlos I acariciando a su perro. Pero era entonces un fenómeno constreñido a Corte y nobleza. En la cotidianeidad burguesa de Vermeer o de Hooch  los perros están o pasan, pero sin la familiaridad de los lienzos de Wardle y otros pintores victorianos. Algo cambia a mediados del XIX: Katherine C. Grier describe a las mascotas como un epifenómeno de la urbanización anglosajona, que intenta mantener algo del campo en la ciudad. Se unía a ello la convicción en la utilidad pedagógica de los animales para transmitir valores a los críos. Los animales  se integran en el  universo familiar burgués: en 1860 aparece la comida industrializada para mascotas. Allende lo anglosajón,  parece cosa más reciente: en los frescos literarios de la Francia decimonónica o de esa España de olla podrida y cocido omnipresente, perros y gatos están y pasan, pero sin familiaridad. De haber tenido mascota, Ana Ozores o Emma Bovary quizá se hubieran ahorrado algún disgusto… Es esa familiaridad anglosajona con los animales la que lleva a Beatrix Potter o Disney a certificar la humanización animal, realimentándola y universalizándola. Grier subraya la paradoja de que  la palabra “pet” (mascota, en inglés) sinónimo de niño mimado cuando los Tudor, denomine ahora a esas “mimadas alternativas a los hijos”, sujetas incluso a derechos. 

Y es que en 2012 el 67% de los hogares estadounidenses tenía mascota, frente al 36% con niños. Nuestra capacidad para asimilar costumbres useñas hace pensar que España –también Gijón- pueda despuntar, con matices, por ahí. Desconocemos el perfil de los gijoneses con mascota, pero parece que, más allá de sus propiedades terapéuticas y educativas para mayores e infantes, generan menos obligaciones que hijos de crianza cara y larga, futuro dudoso y afectos menos seguros. Surgen también ramas de actividad de brillante porvenir: los estadounidenses gastan 150 dólares anuales por mascota sólo en veterinarios. Y quizá tengamos que organizar la convivencia entre personas y animales en un entorno urbano tan denso como el español, tan poco propicio a las mascotas, organizando y diseñando espacios “amigables” para ellas en playas, parques, condominios, comercios o restaurantes, tal y como sucede en otros países y empieza a suceder aquí.  Fomentando la educación entre los amos, y recordándoles que las mascotas son animales, con lo que ello supone.  Evitando esos excrementos, los pelos, o los accidentes, cada vez más frecuentes. Adaptarnos, en fin, a una cotidianeidad históricamente insólita, más abundante en mascotas que en niños. 

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Sobre el autor

Tras un cuarto de siglo –y lo que quede- dedicado a la investigación social aplicada en el sector privado, en el público y al alimón, quizá fuera el momento de saltar a la palestra que me ofrecía El Comercio y aportar algo –o intentarlo, al menos- a la reflexión serena y, en lo posible, documentada y original, sobre lo que nos pasa.


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