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	<title>Más perros que niños | Qué nos pasa - Blogs elcomercio.es</title>
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		<title>Más perros que niños | Qué nos pasa - Blogs elcomercio.es</title>
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		<pubDate>Mon, 01 Sep 2014 10:43:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jacobo Blanco</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Costumbres]]></category>
		<category><![CDATA[Demografía]]></category>

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<html><head><meta http-equiv="content-type" content="text/html; charset=utf-8"></head><body><div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-adver-blogs-entries"></div><div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-advertising-mobile-ready"></div><p style="text-align: justify"><span style="font-family: Calibri"><span style="font-size: small">Ramón Muñiz, a quien ustedes conocen por sus crónicas sobre infraestructuras, medioambiente y curiosidades varias en EL COMERCIO, me alerta de que entre pujoles, terror yihadista, violaciones que no son o disturbios en Misuri, florece alguna noticia interesante, aparentemente, sólo aparentemente, trivial: “Gijón </span><span style="font-size: small"> </span><span style="font-size: small">tiene más perros que niños”. </span><span style="font-size: small"> </span><span style="font-size: small">Ramón picó además mi curiosidad preguntándome por causas y consecuencias –y apunando algunas- sobre las que yo nunca había pensado, apuntándome algunas. Puesto a ello, comparto con ustedes las que caben en una cara de folio.</span><span style="font-size: small">  </span><span style="font-size: small"> </span></span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="font-family: Calibri"><span style="font-size: small">Las mascotas, como animales de compañía por mero placer y afecto, sin fin utilitario, parecen ser un fenómeno relativamente reciente, ligado a la revolución industrial y la moral victoriana. Me objetarán, con razón, que </span><span style="font-size: small"> </span><span style="font-size: small">Leonardo pintó a su Dama del Armiño, Horenboult a Catalina de Aragón con su mono o Tiziano a nuestro Carlos I acariciando a su perro. Pero era entonces un fenómeno constreñido a Corte y nobleza. En la cotidianeidad burguesa de Vermeer o de Hooch </span><span style="font-size: small"> </span><span style="font-size: small">los perros están o pasan, pero sin la familiaridad de los lienzos de Wardle y otros pintores victorianos. Algo cambia a mediados del XIX: Katherine C. Grier describe a las mascotas como un epifenómeno de la urbanización anglosajona, que intenta mantener algo del campo en la ciudad. Se unía a ello la convicción en la utilidad pedagógica de los animales para transmitir valores a los críos. Los animales</span><span style="font-size: small">  </span><span style="font-size: small">se integran en el</span><span style="font-size: small">  </span><span style="font-size: small">universo familiar burgués: en 1860 aparece la comida industrializada para mascotas. Allende lo anglosajón, </span><span style="font-size: small"> </span><span style="font-size: small">parece cosa más reciente: en los frescos literarios de la Francia decimonónica o de esa España de olla podrida y cocido omnipresente, perros y gatos están y pasan, pero sin familiaridad. De haber tenido mascota, Ana Ozores o Emma Bovary quizá se hubieran ahorrado algún disgusto… Es esa familiaridad anglosajona con los animales la que lleva a Beatrix Potter o Disney a certificar la humanización animal, realimentándola y universalizándola. Grier subraya la paradoja de que </span><span style="font-size: small"> </span><span style="font-size: small">la palabra “pet” (mascota, en inglés) sinónimo de niño mimado cuando los Tudor, denomine ahora a esas “mimadas alternativas a los hijos”, sujetas incluso a derechos.</span><span style="font-size: small">  </span></span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="font-family: Calibri"><span style="font-size: small">Y es que en 2012 el 67% de los hogares estadounidenses tenía mascota, frente al 36% con niños. Nuestra capacidad para asimilar costumbres useñas hace pensar que España –también Gijón- pueda despuntar, con matices, por ahí. Desconocemos el perfil de los gijoneses con mascota, pero parece que, más allá de sus propiedades terapéuticas y educativas para mayores e infantes, generan menos obligaciones que hijos de crianza cara y larga, futuro dudoso y afectos menos seguros. Surgen también ramas de actividad de brillante porvenir: los estadounidenses gastan 150 dólares anuales por mascota sólo en veterinarios. Y quizá tengamos que organizar la convivencia entre personas y animales en un entorno urbano tan denso como el español, tan poco propicio a las mascotas, organizando y diseñando espacios “amigables” para ellas en playas, parques, condominios, comercios o restaurantes, tal y como sucede en otros países y empieza a suceder aquí.</span><span style="font-size: small">  </span><span style="font-size: small">Fomentando la educación entre los amos, y recordándoles que las mascotas son animales, con lo que ello supone. </span><span style="font-size: small"> </span><span style="font-size: small">Evitando esos excrementos, los pelos, o los accidentes, cada vez más frecuentes. Adaptarnos, en fin, a una cotidianeidad históricamente insólita, más abundante en mascotas que en niños.</span><span style="font-size: small">  </span></span></p>
</body></html>
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