Con el hundimiento del “Siempre Cacharelos” en aguas de Luarca son ya cuatro los pesqueros que se han ido a pique en Asturias durante los ocho meses de 2014. No recuerdo si existen precedentes en años pasados. Pero supongo que tanto percance debería llamar la atención de ciudadanía, marineros, técnicos y responsables políticos. Porque la reacción habitual entre los que vivimos alejados del mundo de la mar es atribuir tanta desgracia al “duro y peligroso oficio de los pescadores”. Pero cuando se analizan los naufragios leyendo prensa o escuchando a los marineros, incluso un lego en asuntos pesqueros aprecia elementos extraños, alejados de la supuesta fatalidad de la vida marinera. Y es que motores diésel potentes, fiables; pronósticos meteorológicos cada vez más precisos o la monitorización de los buques desde torres de control, han dejado atrás hace lustros, quizá décadas, buena parte de aquellos naufragios en medio de la galerna inesperada, a veces con la bocana del puerto a la vista; la falta de gobierno del buque o los provocados por la explosión de las calderas de carbón, tan comunes hasta los años cincuenta.
El trágico hundimiento del “Santa Ana” en aguas de Peñas el pasado marzo, con buena mar y tiempo tranquilo, tras reiterados avisos, sin contestación, desde la torre de control al puente, quizá pueda atribuirse al error humano o a una excesiva confianza en la tecnología de navegación automática. En el caso del “Cacharelos” la causa parece estar en el extraño vuelco producido por el enredo de los aparejos con las rocas…
Según Sadei, el valor de las capturas subastadas en las lonjas asturianas se ha mantenido estable a precios corrientes, aunque con altibajos según campañas, en unos 45 millones de euros desde 1992. La flota, sin embargo, se redujo a la mitad, pasando de las 644 embarcaciones de entonces a 330 en 2011, concentrándose en las de artes menores, de eslora inferior a 14 metros. Si actualizamos el IPC (86% desde 1992) comprobamos que las ventas “formales” por embarcación –asumiendo que lo rulado en Asturias corresponda básicamente a la flota asturiana, muy especialmente en el caso de las pequeñas embarcaciones, que son las que nos ocupan- han permanecido constantes durante dos décadas merced a la reducción de la flota y al incremento del precio unitario de las capturas. Sin embargo, los costes han crecido: la tripulación promedio no ha variado, hay que amortizar la renovación de buques no subvencionada y los costes del gasoil, pese al menor tonelaje, se han disparado. Además, las regulaciones son cada vez más alambicadas. Sumen un dato desconocido, pero clave: el “censo” de caladeros, que parece en constante disminución –esta temporada, sardina, xarda,…- y alejamiento –bonito- de nuestras costas.
¿Consecuencias? Rentabilizar la actividad requiere faenar en aguas más lejanas o más difíciles y recurrir a tripulaciones menos expertas que asuman peores condiciones de trabajo. Se comenta también el uso de artes de pesca inapropiadas, por características y peso, para pequeñas embarcaciones. Por último, la prolija normativa parece llevar a diseños de casco poco marineros, proclives, superada cierta escora, al vuelco brusco y el consiguiente hundimiento. Quizá las causas de algunos naufragios apunten por ahí. Y quizá merezcan alguna reflexión.