Mientras nos entretenemos con la fortuna de los Pujol, el “proceso”, la reforma de la ley electoral o el número de mujeres que deben integrar la Comisión europea, el verano nos deparó imágenes que quizá sinteticen el signo de nuestro tiempo y, aún peor, de tiempos por venir. Me refiero, por supuesto, a esos vídeos en los que los periodistas Folley y Sotloff son degollados, según todos los indicios, por ese rapero inglés devenido en John “el Yihadista”.
Imágenes de síntesis, sí. Por esa extraña mezcla de prácticas atroces y utilización apabullante de tecnologías y estrategias de comunicación. Por simbolizar la incapacidad occidental para integrar a demasiados jóvenes, más atraídos por alistarse en las filas del Estado Islámico que por la vida que pueda depararles Occidente. Y no, no hablamos de pobreza y marginación: John “el Yihadista” era cantante de cierto éxito e hijo de abogado, reclamado por cierto por colaborar con Al Queda. Y, sobre todo, por esa mezcla de morbo y espanto fugaces con los que recibimos este tipo de noticias, a las que no parecemos otorgar su exacto alcance e importancia. Quizá amparándonos en que son cosas que “pasan lejos”.
Cojan un mapa y comprobarán cómo, en pocos años, radicales islámicos de variado pelaje, desde ISIS a Boko Aram, pasando por franquicias de Al Queda, con el común denominador de su fanatismo sanguinario, ajeno a cualquier convención, van ganando la guerra civil larvada que se libra en el Islam, ocupando casi todo el Sahel y, en estos últimos meses, un vasto y creciente territorio entre Siria y el norte de Irak, lindando ya con Israel. Ambos territorios, ajenos a conceptos modernos como nación o estado, cercan las riberas sur y este del Mediterráneo, desde Persia al Atlántico. Sólo les separa, qué casualidad, la Arabia sunita de los Saud, cuyo doble juego entre Occidente y los islamistas más radicales –bien financiados- es más que inquietante. ¿Se los imaginan con bombas atómicas? Con Libia sumida en el caos, son una Argelia aparentemente dormida, un Egipto polarizado, un Marruecos marginal y Turquía los últimos baluartes que les impiden avanzar y alcanzar el Mediterráneo, reconstruyendo el califato. Una Turquía, por cierto, que como señalaba Antonio Elorza en estas páginas, se radicaliza progresivamente.
Entre tanto, en Europa y Estados Unidos, al igual que con Ucrania, parecemos paralizados. No es sólo petróleo, uranio,…. Es nuestra forma de vida, son derechos supuestamente universales, los que podrían estar en juego. Y no es sólo que, poco a poco, nos cerquen; es que están dentro: en España, muchas jóvenes musulmanas son recompensadas si usan el hiyab. ¿Más John/Jane yihadistas españoles? Es su quinta columna. Miren la alarma de estos días en Londres. Las noticias son inquietantes. Se habla de coaliciones internacionales que, por ahora, descartan la intervención terrestre. Veremos. También dijeron que no la habría aérea y están en ello. Falta por ver de qué lado se posicionan Rusia y, sobre todo, China. Quizá estemos al borde de la Tercera Guerra Mundial. O de una neocruzada. Mientras, en la antigua Al Andalus, tan dependiente del petróleo, y cuando otras naciones, como EEUU, buscan y logran la autosuficiencia, no sólo impedimos verificar la existencia de reservas estratégicas en aguas canarias, sino que nos entretenemos en fútiles divisiones, mirando al dedo y no a la (media) luna. Entre tanto, el enemigo avanza.