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Jacobo Blanco

Qué nos pasa

El factor humano

De acuerdo. Quizá los protocolos –esos 38,6º- y sobre todo, su supervisión, deban revisarse. Seguramente la respuesta de las autoridades sanitarias, improvisando ruedas de prensa sin información precisa, es inapropiada, espoleando la inquietud y no tranquilizando como deberían. Como ese consejero bocachancla, facundo y faltón. Pero, cuando escribo, todo apunta a que la causa última del caso de ébola contraído en España fue un error humano. O, peor aún, una cadena de ellos, que no sabemos si arranca cuando la auxiliar se quita el traje de protección sin la supervisión que, supuestamente, dicta el protocolo o cuando decide no comunicar que, al parecer, roza el rostro con un guante… A partir de ahí, Teresa Romero se sale del circuito establecido, iniciando un inaudito y confuso periplo sanitario –y más en una profesional- viciado por no comunicar que había atendido a los sacerdotes repatriados. Una sucesión asombrosa de errores propios y de supervisión del sistema, contra todo sentido común, que ha cuestionado el entero sistema de alerta contra el ébola. Un sistema en que trabajaron docenas, si no cientos, de profesionales durante meses. Y que parecía funcionar.

Creemos que nuestras sociedades, blindadas por una maraña burocrática, técnica y legislativa sostenida por leyes, normas, protocolos, procedimientos y tecnología, son invulnerables. Y no. Días atrás, me recordaban sabios colegas que las nuestras son sociedades de riesgo, donde cualquier resquicio permite colarse al galope a los jinetes del apocalipsis. Pasó en Fukushima. En España pasa en el Carlos III. Y pasó en la curva de Angrois cuando el mortal accidente del Alvia con su maquinista entretenido al teléfono. Accidentes que, uno tras otro, nos  despiertan de ese sueño de invulnerabilidad. Porque, al final de cada ley, de cada protocolo, aparece invariablemente el factor humano. En el caso de España, además, nuestra familiaridad con las tecnologías y los procedimientos complejos, por mucho “Smartphone” que usemos, es reciente y escasa. Más escasa aún es nuestra formación. Sufrimos también cierto providencialismo, alérgico a leyes y protocolos. Y, por tanto, al de responsabilidad individual. Y, contrariamente a nuestros vecinos, dominadores de vastos imperios hasta hace medio siglo, carecemos de familiaridad con las enfermedades tropicales y de centros de élite que las investiguen. Ni hemos crecido en el temor a la guerra nuclear.

Ese despertar nos devuelve, injustificadamente como vemos tras lo ocurrido en Texas ahora, o antes con la tragedia de Eschede cuando lo de Angrois- al imaginario nacional de la chapuza, incluso de la “spanish flu”, que creíamos superado hasta que la crisis, abruptamente, nos lo devolvió. Un imaginario donde la explicación a fenómenos tan complejos es aquello tan simple de “Piove? Porco governo”.  Como si cambiar ministros, consejeros o leyes fuera, per se, el remedio. Bordeamos el aspaviento, desenfocando las causas de los problemas y la necesidad de su solución. Pero no parece ahora momento  de vendettas políticas, gremiales o profesionales. Ya habrá tiempo de responsabilidades. Tampoco de pánico ignaro ante el riesgo invisible. Ni del tuiterismo apocalíptico. Ni del miedo de los profesionales. Ni de la sobreinformación inmediata y confusa aliñada apresuradamente con redes sociales y vedetismo mediático. Ni de ninguna de esas reacciones generadoras del cargado clima de psicosis que hemos vivido. Más bien lo es, creo, de revisar los protocolos serenamente, poniendo todos los medios para su cumplimento y supervisión. Recordando la clave última del factor humano. Y más si es carpetovetónico. Y con ese acopio, más la experiencia acumulada, acotar el contagio.

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Sobre el autor

Tras un cuarto de siglo –y lo que quede- dedicado a la investigación social aplicada en el sector privado, en el público y al alimón, quizá fuera el momento de saltar a la palestra que me ofrecía El Comercio y aportar algo –o intentarlo, al menos- a la reflexión serena y, en lo posible, documentada y original, sobre lo que nos pasa.


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