El demoledor retrato de familia “black card” de Caja Madrid recupera la vieja cuestión de nuestras élites políticas. Repasando a sus protagonistas, aparece Blesa, inspector de hacienda, hombre de confianza del señor Aznar, que por ello fue nombrado primero consejero de la entidad por parte del Partido Popular y, luego, merced a complejos, cuando no oscuros, pactos políticos, presidente de Caja Madrid. Carecía de cualquier experiencia en gestión financiera. Como carecía de ella la mayoría del consejo y de la comisión de control, en los que se tejía, más que control o consejo, una tupida red de favores panpartidista, bien regada con generosísimas regalías. Y a cambio de casi nada, al menos mientras las cosas fueron bien. Un paisaje generalizable, grosso modo, a todas las Cajas. Con el resultado de su liquidación previa inyección de 40.000 millones -24.000 sólo en Bankia- que pagaremos mayormente con nuestros impuestos. O lo que es lo mismo: España entregó la gestión de la mitad de su sistema financiero a una élite diletante, partidista y sindical que generalmente no alcanzó tan altos destinos por ser élite, sino que fue élite por alcanzar tan altos destinos.
Más allá del regodeo morboso que produce husmear en qué dilapidaban nuestro dinero, quizá quepa reflexionar sobre cómo reclutamos a los mandos de nuestras instituciones, administraciones y empresas públicas. Con frecuencia, da la sensación de que los responsables políticos, frecuentemente “aparatchicks” no siempre brillantes, tienden a rodearse de “aparatchicks” partidistas aún menos brillantes –que los partidos necesitan alimentar- para que no les hagan sombra ni entorpezcan sus ocurrencias. Y que rigiéndose por la obediencia partidista, de clan o familiar, ascienden poco a poco por el escalafón, rodeándose, a su vez, por otros todavía menos brillantes. Como si en nuestras instituciones la moneda mala expulsara a la buena. Desde su atalaya controlan además buena parte de la actividad empresarial, que pasa a formar parte del entramado partidista, clientelismo y financiación mediante. De ahí los Bárcenas, Pujol, Villa, ERES, el pequeño gran Nicolás…
Más que una élite extractiva, sufrimos una elite política que, en buena medida, no merece serlo. Muchas empresas están encabezadas por profesionales anónimos pero valiosísimos. Y cada vez más, sin “apellidos”. Pero no es, generalmente, el caso de nuestras instituciones. Miren a nuestra Junta General: la formación media de nuestros representantes es similar a la de treinta años atrás: bachiller. Obviaremos su experiencia profesional. Su acomodación contrasta con la mejora formativa y profesional de sus votantes.
Las cosas ya están cambiando. Pero no bastará con limar el poder partitocrático. Nuestras universidades deberían ser vivero de élites cosmopolitas. Pero ninguna figura entre las 200 mejores del mundo. Alarma aún más la recalcitrante aversión ciudadana hacia el elitismo meritocrático y su propensión a la mediocridad castiza, amparándose en un errado igualitarismo, que fomenta la profesionalización de la política. Causas, muchas. Entre ellas, retratos de familia como ese de Caja Madrid, tan fiel al estereotipo popular, que eclipsa valiosas élites emergentes, cosmopolitas, con experiencia de gestión, preteridas sin reconocimiento. Dentro incluso de las administraciones públicas. ¿Será hora de reconocer su mérito, potenciarlas y abrirles el paso al gobierno de nuestras instituciones?