La feliz, aunque algo accidentada, llegada de la sonda Philae en el cometa 67P/Churimuyov-Gerasimenko nos permite disfrutar de una buena noticia, aliviando tanta miseria cotidiana: Villas, Davelcos, Enredaderas, Luxleaks o, incluso, de la recalcitrante y estrafalaria contumacia competitiva de Mas y Junqueras. Es una de esas noticias que permiten contemplar lo positivo de la epopeya humana, devolviéndonos la fe en el progreso y en la propia humanidad. Un éxito, además, de la Agencia Espacial Europea, al que España ha aportado recursos, personal y tecnología a través de empresas como Sener o Crisa, contribuyendo a ese exitoso “asterizaje” a 450 millones de kilómetros, tras diez años de periplo espacial: dimensiones espacio-temporales a años luz del cortoplacismo que parece regir nuestras contingencias terrestres.
Claro que, me dirán algunos, ¿de qué sirve tan sorprendente hazaña? ¿Nos soluciona el paro? ¿Elimina la corrupción? Pues no, desde luego que no. Siquiera por ahora. Pero nos permite elevar la vista, recobrando, siquiera por un instante, la emoción que marcó los albores de la conquista espacial –que ahora parecen recuperar películas como “Gravity” o “Interestellar”- con aquel hito que marcó una nueva etapa en la historia de la humanidad cuando Armstrong holló por vez primera Luna, hace ya casi medio siglo, suficiente para que a los más jóvenes se les antoje irreal. La conquista del espacio constituiría, además, un proyecto global capaz de implicar a la humanidad, aún en competencia, marcando simultáneamente nuevas fronteras en conocimientos, innovación y tecnologías. Es probable que la odisea espacial, y más allá de las distancias que las separan, pase ahora por un parón parecido al de la conquista de América –y a la Era de los Descubrimientos en general, de cuyas oportunidades los políticos de la época eran muy conscientes- allá por los albores del XVI, cuando los viajes eran de “exploración”, sin saber muy bien qué se estaba explorando –no fue hasta 1505 cuando Vespuci confirmó que no eran las Indias- ni qué había allí, por más que se intuyera su interés estratégico y comercial.
Por supuesto, la complejidad de la conquista del espacio dista mucho de la de América. Pero como ocurrió en el Nuevo Mundo, son dos las motivaciones –descartada la evangelización, por razones obvias- que podrían reactivar el interés en la aventura espacial. Una, científica, misión manifiesta de Philae: conocer los orígenes de la Tierra y, por ende, de la humanidad. El conocimiento científico nos demuestra que nuestra existencia sobre la Tierra es un hecho insólito, fruto de un azar desconocido, cuyas claves podrían estar en el espacio: en los cometas, las estrellas o en el agua marciana. Otra comercial y, si se quiere, estratégica: los minerales raros o REE (Rare Earth Elements) serán claves para nuestro progreso futuro, lo que les convierte en estratégicos. De ahí que asistamos a una batalla soterrada por su control que, hasta ahora, parece estar ganando China. Meses atrás, su veto al suministro de REE a Japón evidenció la vulnerabilidad de algunas economías. La Luna concentra cantidades notables, aunque desconocidas en su concentración, de REE, así como de otros materiales susceptibles de aprovechamiento energético terrestre. De ahí el interés de China por las misiones tripuladas a nuestro satélite. La NASA o Popular Mechanics tienen lecturas interesantes en sus webs. Ahora, el gran problema sin resolver es extraerlos allí y transportarlos luego a la Tierra consumiendo menos energía y costes que los que pudieran aportar. De forma rentable, vaya. Y, supongo, regular su explotación en escenarios probables de competencia. Necesitaríamos versiones espaciales del Tratado de Tordesillas o de las Leyes de Burgos. Y, sobre todo, superar el reto de inventar y construir los galeones del siglo XXI.