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Jacobo Blanco

Qué nos pasa

El pecado y la piedra

El expediente abierto por la Universidad de Málaga a Íñigo Errejón revela sospechosos “tics” patrimonializadores de lo público en los nuevos partidos y en sus jóvenes dirigentes, desvelando un círculo de irregularidades cerrado sobre sí mismo. Porque el señor Errejón recibió su polémica beca del señor Montero, discípulo del profesor Torres, coautor del programa económico de Podemos. El pretexto, investigar la “desmercantilización” de la vivienda (¿No existe la pública de alquiler?). Entretanto, en los aledaños de Podemos, desde el departamento de fusiones, adquisiciones (¿o quizá ventas?) de IU, liderado por otro discípulo de Torres, el señor Garzón, la candidata a presidir la comunidad de Madrid, camarada Tania, aparece involucrada, junto a su padre, concejal como ella en Rivas, el Pozuelo rojo, en la adjudicación de contratas a su hermano/hijo. Por no hablar de las confusas finanzas de las empresas propiedad de la cúpula “podemita”, así como del constante baile de cifras en sus declaraciones de ingresos. Invariablemente, la reacción ante los indicios fue primero, negar, luego minimizar –“faltaba un papel”, “fue un error”- replegando tropas a los cuarteles de invierno para, finalmente, y esto es novedad, contraatacar descalificando personalmente al periodista, eludiendo aclaraciones y recurriendo al “y la casta más”.

Evidentemente, no estamos ante zafia y avariciosa corrupción, al estilo “púnico”. Seguramente no constituya siquiera corrupción, sino corruptelas o irregularidades, que incluso comprendemos por ser costumbre. Pero es ahí donde radica el problema. Porque esas cadenas de favores, esas presuntas adjudicaciones irregulares, las supuestas oscuridades fiscal-financieras del entramado societario de los líderes de Podemos  sus sueldos o la respuesta a dada a la crítica no deberían ser costumbre. Y menos aún en un partido que dice combatir a “la casta”. Porque reproduce sus usos. No hay ejemplaridad. Y sí, “la casta más”, sin duda. Pero si es esa la praxis cuando rozan poder o presupuesto, cabe imaginar cuál será cuando lo acaparen de verdad. Más aun conociendo la voluntad de poder de sus líderes y su proclividad ideológica y programática hacia el arbitrismo y la arbitrariedad. O su colaboración indulgente con gobiernos extremadamente corruptos.

Entre los españoles escasea la sanción moral hacia ese tipo de comportamientos; contemplándolos inadvertidamente como algo natural, incluso bienintencionado. Sólo prolifera cuando el beneficiario es otro y, no digamos, si es rico y poderoso. Y los nuevos partidos tampoco se sustraen a ellos. Por eso en España la forma más frecuente de conseguir trabajo sigue siendo la recomendación. Por eso buena parte de los españoles “colocaría” a un pariente o amigo en dificultades, incluso en la administración. Por eso la mitad de nuestros compatriotas justifica el fraude fiscal.  Y por eso proliferan aún oposiciones en las que los aspirantes legitiman la adjudicación previa de una plaza. O  departamentos universitarios de abolengo que parecen regidos por el  derecho de sucesiones. O administraciones públicas con la mitad de sus directores generales nombrados irregularmente. O televisiones en los que buena parte de sus empleados son parientes y amigos. O…

El martes fue el Día Mundial Contra la Corrupción. Tendremos que elegir de una vez entre mantener esos vestigios, tan arraigados, de nuestros tradicionales mecanismos  de solidaridad familiar, amical, de clan o política, no exentos de ventajas; o perseverar en su definitiva transformación en otros, burocráticos, fríos e impersonales, aunque más justos y eficientes.  Pero no pueden convivir confusamente ambos sistemas. Por un lado la ley, por otro los usos y costumbres. Por supuesto, no basta con cambiar la legislación. Tenemos que cambiar todos. Admitiendo coherentemente  que la patrimonialización de lo público merece sanción moral por sí misma, no en función de su beneficiario. Necesitamos ejemplaridad pública, desde luego. Pero también convencernos como sociedad, como ciudadanía, de la necesidad de cambiar usos y costumbres. Porque, de momento, quien esté libre de pecado…     

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Sobre el autor

Tras un cuarto de siglo –y lo que quede- dedicado a la investigación social aplicada en el sector privado, en el público y al alimón, quizá fuera el momento de saltar a la palestra que me ofrecía El Comercio y aportar algo –o intentarlo, al menos- a la reflexión serena y, en lo posible, documentada y original, sobre lo que nos pasa.


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