Las masacres de París han generado una riada de comentarios que, agazapados tras la corrección política de los titulares, sorprenden por sus posturas radicales, tremendismo islamofóbico o buenismo islamofílico, descubriendo nuestra confusión ante un fenómeno poliédrico, plagado de aristas, inédito para nuestras generaciones.
Hace décadas el islam constituía, para los europeos no franceses, un concepto con aromas de “Las mil y una noches” y laicismo kemalista, baasista o panarabista, aderezado en España con la proximidad marroquí. Se rompió abruptamente cuando Jomeini alcanza el poder en 1979, no sin cierta simpatía inicial –liquidaba el proamericanismo del Sha- que truncó la inconcebible regresión hacia el medievo a la que sometió a los persas. Desde entonces, la historia y muchos errores nos han arrastrado hasta las masacres de París. Masacres que, quizá, supongan un punto de inflexión en nuestra percepción del yihadismo.
Y es que la matanza de “Charlie” contiene dos ingredientes novedosos. Si atentados como los de Nueva York, Londres o Madrid, mucho más graves, fueron interpretados en clave de lo que Pascal Bruckner llama “la tiranía de la penitencia” (por nuestros pecados colonialistas/imperialistas en Oriente Medio y, concretamente, en Irak) los de París lo son como el asesinato, a sangre fría, de humoristas iconoclastas y progresistas. Inocentes. El otro es la deslumbrante reacción francesa, reivindicando los valores republicanos: libertad, igualdad y la preterida fraternidad. Valores que constituyen, en buena medida, los de Europa y Occidente, por más que el camino recorrido hacia ellos haya sido, sea y será tortuoso y lleno de altibajos. Unos valores de los que Francia se siente orgullosa, y que está y estará dispuesta a defender, bien mediante la guerra – es el único país de la UE favorable a incrementar el gasto militar, lucha ya en el Sahel e Irak y despacha ahora el “Charles de Gaulle” a Oriente Medio – bien agotando tiradas millonarias de “Charlie”. Mientras, el presidente pide a la ¿tibia? comunidad musulmana acatamiento a esos valores republicanos.
En España, en buena parte de Europa, reina la perplejidad. Educados en el concepto del catolicismo, de la Iglesia, como epítome involucionista, cargamos ahora por extensión contra las religiones. Pero desde Westfalia los muertos lo han sido, si acaso, por ideología, incluyendo el fundamentalismo ateo, no por religión. Incluso comparamos lo incomparable, obviando que la clave está en determinadas interpretaciones de los Libros. O remoloneamos cuando nos solicitan participar en guerras exteriores ignorando la relación entre atentados y campos de entrenamiento en Libia o Siria. O ignoramos oportunidades como esos corazones fenicios que, bajo el islam, laten en el Magreb. O las mil fracturas –étnicas, religiosas,..- de un islam en guerra civil. Algo falla cuando Europa toma como seña de identidad algo tan valioso, pero contingente, como el estado del bienestar, disponiendo de un riquísimo acervo de valores inmanentes. Porque, si nosotros no nos los creemos ¿cómo pretendemos que ellos los crean?
Francia produce ministros musulmanes, inmigrantes salidos del “banlieu”: Rachilda Rati es sólo un ejemplo. Pero, detrás del oropel, atentados como el de París muestran las aristas de una multiculturalidad que, como apuntó Habermas en Oviedo, carece de solución aparente. Francia quizá nos esté mostrando que la solución no pasa, en todo caso, por la tiranía de la penitencia.