Comentaba Juan Neira días atrás el “tapón generacional” de la política asturiana, advirtiendo que, con la excepción de la candidatura de Podemos, las seis restantes con posibilidad de obtener representación –veremos cuantos la logran- están encabezadas por candidatos que promedian 58 años. La clase política asturiana, como la nacional y la de las demás regiones, tiende a envejecer. Durante 30 años de autonomía, la edad media de nuestros parlamentarios ha pasado de 42 a 49 años –parece renovarse más que sus líderes- con sólo seis diputados en la treintena. Quizá, y junto a otros motivos, acompasándose a una población cuyo promedio ha subido de 35 a 45 años. Pero como apuntábamos hace unas semanas en referencia al ámbito nacional, el problema no es tanto cuantitativo –edad- como cualitativo. Es cierto que de Silva, Rodríguez-Vigil o Sergio Marqués alcanzaron la presidencia con menos de 40 los primeros y con 49 el tercero. Pero atesoraban ricos currícula, forjados, sí, en la vida orgánica de la militancia partidista, pero también en sólidas carreras profesionales como abogados, altos funcionarios o empresarios. Y como ellos, buena parte de sus colegas de escaño.
En 2015, el perfil de la “casta política” asturiana es otro. Con notables excepciones, presenta extensos currícula partidarios, cuajados en docenas de cargos orgánicos o institucionales y mil conspiraciones, que contrastan con el menguado tiempo dedicado a oficios fuera de la política: si el promedio en 1983 era de 17 años, ahora es de 13, y sólo 10 en el caso de PSOE, PP e IU. Por el contrario, la dedicación partidaria ha pasado de 2 a 14 años. La vida política supera ya, de largo, a la profesional. Peor aún, la formación media de nuestros representantes en la Junta sigue siendo, como hace 30 años, la de bachiller. Acabada la cuota minera está ahora la ambigua: esa de “cursó estudios…”.
Lo que podría llegar desde la amalgama podemista no mejora las cosas. Creo intuir en ella tres grandes perfiles: el becario/precario/activista social/parado treintañero, el trabajador público y el viejo rockero sesentayochista. Si el proyecto pablista-leninista cuaja –que parece que sí- aventuro que el perfil treintañero desbordará a los demás y se integrará en la “casta” durante décadas, abundando en el político puro y duro, mayormente titulado pero sin experiencia profesional y con una percepción social que parece confundir lo extremo con lo mayoritario. No parece, en fin, que la fractura entre clase política y ciudadanía tenga visos de cerrarse.
Estamos, pues, ante un círculo vicioso donde políticos mediocres, alejados de la realidad ciudadana, desprestigian la política y ese desprestigio aleja a la excelencia de la política. Añadan que la mediocridad evita competir con la excelencia, rodeándose de más medianías. No es fácil dibujar los atributos de un buen político. Pero la edad no debería ser un impedimento, excepto cuando la experiencia se confunde con la rutina. Y quizá en Asturias sepamos demasiado sobre rutinas y abordar problemas de ahora con enfoques de hace 30 años. Sumen entonces al tapón generacional los de la rutina y la mediocridad. Que quizá sean peores.