Quizá no nos hemos fijado suficientemente en la intensa impronta nacionalista de las elecciones legislativas griegas. Hasta el punto, sospecho, de condicionar los resultados electorales. Y es que Syriza será de izquierdas, que lo es, pero el tono de sus reivindicaciones sobre la deuda, o acerca del supuesto agravio a su soberanía por las condiciones en las que se prestan los rescates, han marcado su mensaje y contribuido a su éxito quizá en mayor medida que sus políticas sociales. Explicando además la, para nosotros, sorprendente alianza con la derecha más nacionalista. O ese primer acto de Tsipiras ya como primer ministro, rindiendo homenaje a las víctimas de la ocupación alemana de 1941.
Un nacionalismo lindante quizá con el revanchismo que persigue, como último objetivo, “aislar a Merkel” para lograr esa ansiada segunda quita de una deuda cuya carga financiera, ahora mismo, supone sólo el 4% del PIB. Menos que a Italia. Se recuerda para ello el precedente de la condonación a Alemania, en 1953, del 60% de su deuda externa, ligándola subrepticiamente a la devolución de la “indemnización” (más los intereses) que la Grecia ocupada fue obligada a pagar a Alemania. El nuevo gobierno convertiría así la negociación sobre la deuda en un problema casi bilateral, cuando lo es, como mínimo, comunitario. Soslaya sin embargo que aquella quita de 1953 poco paralelismo tiene con la griega: Alemania , divida en dos, honraba su deuda, lo condonado fueron básicamente las reparaciones de Versalles y, sobre todo, Alemania crecía vigorosamente desde 1949, cuando Erhard impuso una audaz y catártica liberalización económica; muy contestada, por cierto, por partidos, sindicatos y ocupantes. Pero tuvo tal éxito que Alemania pudo acordar, cuatro años después, que la deuda restante se pagaría con el 3% de su superávit exterior. Y así fue hasta 2010. La quita apenas afectó a la economía germana. Ni fue causa de su “milagro económico”, sino casi una consecuencia, una reparación moral por los excesos de 1919.
También creo intuir algo parecido a lo que en España llamamos casticismo, defendiendo el carácter nacional griego. Aparece, latente, cuando se denuncia como causa de su tragedia a la supuesta austeridad, un valor burgués, quizá protestante, propio de sociedades ricas, ajeno por tanto al mundo mediterráneo contemporáneo. Pero si la Unión Europea quiere serlo, lo tiene que ser con todas las consecuencias. Bien está beneficiarse de fondos estructurales, rescates o quitas, pero a la larga deberíamos preguntarnos, asumiendo las consecuencias, si ciertos rasgos de nuestros “caracteres nacionales”, que tanto criticamos hasta verlos amenazados –en España, al menos, desde Esquilache- son compatibles con una cosoberanía económica y política de aroma casi inevitablemente calvinista, obligada por una competencia global cimentada en el rigor, la tecnología y el conocimiento. Valores que parecen ausentes no ya del programa de Syriza, sino del ADN de una Grecia que, más allá de los sobresaltos económicos o diplomáticos que pueda ocasionarnos, “corre el riesgo, como señala el sociólogo Kelpanides, de revertir todos los avances logrados en trasparencia y probidad, incrementando la corrupción, el nepotismo y los males ancestrales del estado griego contra los que se ha luchado durante estos años”. De la catarsis a la hibris. Para tomar luego el camino inverso. Pura tragedia.