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Jacobo Blanco

Qué nos pasa

Los españoles ante la ciencia

Días atrás apareció la Encuesta de Percepción Social de la Ciencia de 2014. Abordaba infinidad de cuestiones, reducidas en los titulares, casi exclusivamente, a ese supuestamente asombroso 25% de compatriotas convencidos de que el Sol gira en torno a la Tierra. Un porcentaje que, comparativamente, no está tan mal: es similar al estadounidense  y mejora al europeo (34%). Huelga decir si comparamos con los resultados  obtenidos en países en vías de desarrollo.

Quizá debamos preocuparnos más por nuestra actitud hacia la ciencia, que no sólo concita menos interés y conversaciones que en otras naciones, sino que, con frecuencia, nos coloca, como ciudadanía, en el gozne entre los países avanzados y los emergentes. La National Science Foundation estadounidense compila año tras año estudios sobre actitudes ante la ciencia en numerosos países. Entre ellos los de la Fundación BBVA. Y los resultados sorprenden por nuestro rechazo radical y mayoritario, aparentemente intuitivo, contradictorio, acrítico y acientífico, hacía tecnologías como la fisión nuclear, los transgénicos o el “fracking”. O por nuestra actitud ante fenómenos como el cambio climático o la exploración espacial. Ningún país desarrollado acumula tantos recelos.

La energía nuclear es considerada extremadamente peligrosa por el 70% de nuestros compatriotas. Sólo Suiza y Austria nos superan en un rechazo que en países como Finlandia, Suecia, Reino Unido o Francia ronda el 40%. En Japón es aún menor. La información sobre el “fracking” no es tan completa, pero sí apunta a que en España un 45% desconoce en qué consiste, mientras que entre los informados suscita un rechazo mayoritario, que contrasta con el general  conocimiento y aprobación en EEUU o Canadá.  Son datos cuando menos sorprendentes, por su contundencia, en una España tan dependiente del abastecimiento energético exterior. Y que los molinos de viento, aunque conciten general asentimiento (88%), apenas pueden paliar. Recuerden el rechazo a las catas petrolíferas -luego fallidas- que se llevaron a cabo en aguas Canarias.

Sucede lo mismo con los alimentos transgénicos, que si en España suscitan rechazo mayoritario –un 50% los considera extremadamente peligrosos- en Suecia, Reino Unido, Estados Unidos o Bélgica no alcanza más allá de 25%. Sólo Francia y Alemania nos superan, por poco. Y sospecho que, en el caso francés –como en el español- esa reluctancia macla el interés por la seguridad alimentaria con suspicacias industriales y geopolíticas.    

Da la impresión de que en asuntos científicos nos movemos instintivamente. La investigación suscita el recelo de más del 40% de nuestra ciudadanía, así como un notable desinterés, fundado en un mayoritario “no lo entiendo” de nuestros mayores y un también predominante “no me interesa”  entre los jóvenes. Y es que lo que realmente nos interesa son sus aplicaciones a la salud y el bienestar. O a artículos de consumo. Sólo aceptamos la investigación básica y sus aplicaciones personales, individuales, casi hedonistas; rechazando instintivamente incluso el debate sobre aquellas, quizá estratégicas que, con motivo o sin él, consideramos  peligrosas aunque puedan afectar al interés nacional, sea energético, alimentario o estratégico. Aun así, el 80% de los españoles cree que hay que gastar más en ciencia. Pero ¿es viable investigar con mimbres sociales tan recelosos?

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Sobre el autor

Tras un cuarto de siglo –y lo que quede- dedicado a la investigación social aplicada en el sector privado, en el público y al alimón, quizá fuera el momento de saltar a la palestra que me ofrecía El Comercio y aportar algo –o intentarlo, al menos- a la reflexión serena y, en lo posible, documentada y original, sobre lo que nos pasa.


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