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Jacobo Blanco

Qué nos pasa

Jornada de reflexión

La de hoy parece jornada propicia para la reflexión sobre la campaña electoral. Es cierto que nuestra economía crece –incluso con vigor- creando empleo y cerrando poco a poco los desequilibrios presupuestarios sin abrir otros nuevos, por ahora, en el sector exterior o los precios. Pero no lo es menos que las buenas cifras macroeconómicas no pueden hacernos olvidar que, bajo el ciclo económico, subyace la onda larga de la historia.  Afrontamos retos colosales: el auge y radicalización de las religiones, la deuda creciente, la globalización, la nueva división internacional del trabajo, la expansión de Oriente, el impacto de las viejas y nuevas tecnologías –también sobre nuestra arquitectura institucional-… nos sitúan ante desafíos desconocidos, que requieren unidad, incluso internacional, para afrontarlos. Y sin embargo, la dialéctica de campaña tuvo más trasunto de los negros garrotazos terruñeros de Goya que de búsqueda de esa unidad. Quizá porque la complejidad y magnitud de esos desafíos –compartidos con todo Occidente- apenas  dejan resquicio a soluciones “imaginativas” ni, desde luego, cómodas. Y por ello, los partidos, más siendo tantos, necesitan diferenciarse, incidiendo en lo que les separa y no en lo que les une.

Perseveramos en el concepto insular de España, hipercrítico, casi masoquista. Decimos, con razón, que nuestro paro es insoportable. O, con menos razón, que el empleo que se crea es malo. Pero nadie nos dice que el trabajo escasea en todo Occidente: EEUU tiene ahora menos ocupados y peor pagados que en 2007. Alemania, con ocupación récord, tiene un 24% de trabajadores pobres. No existen modelos. Sin duda, sobrevuelan sobre esos problemas algunos de esos desafíos apuntados. No he escuchado nada sobre la relación entre la escasez del trabajo con la baja natalidad y el consiguiente envejecimiento, una amenaza percibida con nitidez por los asturianos. Ni sobre del impacto del vuelco demográfico en las cuentas públicas. Y, por ende, sobre un estado del bienestar que se está reformulando en toda Europa: España es la excepción que persevera en financiar salud y pensiones con recursos exclusivamente públicos. Apenas he escuchado nada sobre la tan cacareada revitalización de nuestras instituciones, cuando los ayuntamientos serían un excelente principio para ello. Tampoco referencias a una buena noticia asturiana, sigilosa pero quizá con alcance, de esta legislatura: la constitución de la Fundación Biosanitaria, una potencial herramienta para transformar nuestro modelo productivo y, sobre todo, nuestra cultura laboral. Soslayando el riesgo, claro, de que no sea nuestra cultura laboral la que transforme sus principios fundacionales. 

Son asuntos que, por lejanos que parezcan, afectan a nuestras regiones y municipios. Pero, como apuntaba ayer el flamante premio Princesa de Asturias, Emilio Lledó,  vivimos inmersos en el autismo, en la corrupción intelectual que suponen la tertulianización y la tuiterización de la política y de la vida en general, contrastando la simplificación del mensaje con la complejidad de los retos y, sobre todo, del conocimiento necesario para abordarlos. Retos que requieren unidad. Y, previamente, conocimiento ciudadano. Pero escasean los líderes dispuestos a marcarse objetivos ambiciosos e ilusionantes, superando esos desafíos, pero reclamando para ello sudor, lágrimas y esfuerzo compartidos. Prefieren anunciar paraísos indoloros aunque sean inalcanzables. Por eso llegan luego la cruda realidad, la decepción y la desafección.

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Sobre el autor

Tras un cuarto de siglo –y lo que quede- dedicado a la investigación social aplicada en el sector privado, en el público y al alimón, quizá fuera el momento de saltar a la palestra que me ofrecía El Comercio y aportar algo –o intentarlo, al menos- a la reflexión serena y, en lo posible, documentada y original, sobre lo que nos pasa.


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