Arranca la campaña electoral mientras leemos un goteo de noticias inquietantes sobre Asturias. Cuando hace dos años que superamos la Gran Recesión –durante la que el Principado fue la región no mediterránea que más empelo destruyó, un 18%- y cumplen quince meses creando empleo, todos los indicadores apuntan a que la recuperación económica es más débil en Asturias que en el conjunto de España. La pauta de este nuevo ciclo alcista confirmaría que la región, aunque mejore, es incapaz de cambiar la tendencia declinante del último medio siglo.
Los resultados de la última EPA para España son halagüeños, con un 3% de aumento interanual del empleo. Pero Asturias registra un 0,2% (700 empleos) mejorando sólo a Murcia y Navarra. Resultado, una ocupación del 41% frente al 46% nacional, que sólo supera, y por muy poco, a la de Andalucía y Extremadura, que, ojo, casi triplica el crecimiento de la astur. Y ello a pesar de que nuestro sector público ocupa al 19,8% de los trabajadores, por encima del 17,2% nacional y superado, tan sólo, por Castilla La Mancha y Extremadura. Aun así, Asturias, tiene un 30,5% de temporalidad, justo en la media nacional. El único indicador aceptable es el de empleo cualificado: 40,1%, unas décimas por encima del 39,4% nacional, y superado no ya por Madrid o el País Vasco, sino por regiones como La Rioja o Galicia.
El Padrón Continuo para 2014 avanza que Asturias es, nuevamente, la región que más población pierde a lo largo del año: un 1%, seguida de las dos Castillas, y muy por encima del -0,4% nacional. Pero hay más datos preocupantes: nuestro paraíso natural es, paradójicamente, la región más contaminante (¿y contaminada?) medida por emisiones de gases invernadero. Al tiempo, prosigue la deslocalización fiscal mientras el año pasado la recaudación crecía un 2,8% frente al 3,6% registrado en el conjunto de la nación. Precisamente cuando sabemos que, durante la crisis, Asturias fue la única región donde creció el gasto sanitario.
Quizá recuerdan aquella película de los años 50, “El increíble hombre menguante”, que perdía tamaño irremediablemente tras atravesar una nube radiactiva, terminando por luchar contra insectos y microorganismos. Si la progresiva apertura económica de España desde los años 50 -que marcaron nuestro cénit económico- hiciera las veces de esa nube radiactiva, Asturias padecería el rol protagonista, comparándose, a fuerza de encoger, con los peores de la clase, habiéndolo hecho con los mejores. Padecemos un círculo vicioso: nuestra estructura económica descansa sobre fundamentos maduros, obsoletos incluso, altamente contaminantes. Insuficientes para crear empleo, son causa emigración juvenil, inactividad y el consiguiente envejecimiento, generando un gasto asistencial creciente financiado, transferencias aparte, con una base imponible que crece menos que el gasto. Solución: subir los impuestos a tipos record en España (y Europa), pero a costa de entorpecer la inversión, la innovación y el empleo, alimentando de nuevo esa dinámica perversa.
Pero más perverso aún me parece no escuchar a nadie en esta campaña que priorice la creación de base imponible sobre el gasto o la consecución de transferencias externas, intentando siquiera romper, definitivamente, con el círculo vicioso de la increíble Asturias menguante.