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Jacobo Blanco

Qué nos pasa

Madrid, cuestión de Estado

Durante el último cuarto de siglo, hemos transformado radicalmente durante nuestras ciudades. Muy especialmente un puñado de ellas, casi iconos mundiales. Barcelona, con la Olimpiada y su apertura litoral; Bilbao, regenerando la Ría y el bocho, con el Guggenheim por estandarte; Valencia, recuperando el cauce del Turia. O, por qué no, ciudades medias como Santiago, armonizando sabiamente lo viejo y lo nuevo. O Burgos. O…  Renovando y diversificando, casi todas ellas, su estructura económica: Bilbao, muy especialmente; pero Valencia  o Burgos no se quedan atrás.

Madrid, sin embargo, no figura. Y ello a pesar de la exitosa, ejemplar, gentrificación del casco histórico -Letras, Chueca, Malasaña, Lavapiés,…-  o de la recuperación de la ribera del Manzanares, abriendo espacios públicos donde había autopistas. Quizá el proyecto de regeneración urbana más importante de Europa, aunque lastrado por su periferia y el protagonismo que un río que, más que río, es aprendiz represado.  Algunas iniciativas pioneras en  políticas públicas, como el Samur o algunas políticas de  vivienda, han pasado desapercibidas, justo al contrario que en Barcelona, donde programas con menor impacto pero mejor venta, apuntalan su percepción de ciudad vanguardista.

Madrid ha sufrido siempre una mala relación con el resto de España, las “provincias”. Pasa también con Londres en el Reino Unido. O en Francia, donde París convive con la paradoja de que ser percibida al margen de los ritmos profundos del país, pero también como icono patrio, con su urbanismo y cultura tan “pour épater”, tan “chic”. Los escenarios urbanos de Madrid pasan por anodinos, y los “gatos” –no digamos los españoles- se preocupan poco por embellecerla. Pocos en España apreciamos una ciudad que posee alguno de los mejores espacios urbanos del mundo, como ese paseo del Prado-Recoletos herido por el tráfico, oculto por un arbolado desmañado, aunque a la altura conceptual de ámbitos como Unter den Linden, National Mall o los Campos Elíseos. Madrid, además, ha forjado una base económica que la convierte en motor económico de España, captando hasta el 50% de la inversión exterior o siendo sede el 40% de las 200 mayores empresas españolas, situándola en posición de competir con Milán o Frankfort  en ese segundo escalón mundial de ciudades, sólo por detrás, en Europa, de Londres y París. Ese es el escenario de competencia de Madrid.

Ahora ha tomado el poder en Madrid, agazapado tras la abuelita como el lobo del cuento, y aupado por votos ajenos, un grupo que confunde su micromundo deshumanizador y bárbaro de profesionales de la subversión con una realidad compleja  y plural que les disgusta y pretenden ahormar a su peculiar cosmovisión.  Con un programa corto de miras, de urgencias y “comunas”, quieren parar la ciudad. Empezando por la Operación Chamartín o Distrito Castellana Norte, una actuación estratégica para Madrid y para España, en línea con otras acometidas por Frankfort, Milán, Berlín o Amsterdam. Sería una de las piezas que necesita Madrid  para transformarse  definitivamente en ciudad mundial. Y es factible. Pero Chamartín representa justamente  lo que ellos detestan.  Creo que, como la conservación del Paseo del Prado o la del Madrid de la Ilustración en general, Castellana Norte debería  ser asunto de Estado, salvaguardado de vaivenes políticos, como corresponde a una metrópoli que, en un mundo donde las ciudades son, cada vez en mayor medida, protagonistas, constituye uno de los principales escaparates y motores económicos de la nación.

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Sobre el autor

Tras un cuarto de siglo –y lo que quede- dedicado a la investigación social aplicada en el sector privado, en el público y al alimón, quizá fuera el momento de saltar a la palestra que me ofrecía El Comercio y aportar algo –o intentarlo, al menos- a la reflexión serena y, en lo posible, documentada y original, sobre lo que nos pasa.


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