Candás, Carreño: el puerto, el pasado el presente y el futuro | Qué nos pasa - Blogs elcomercio.es

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Jacobo Blanco

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Candás, Carreño: el puerto, el pasado el presente y el futuro

Candás 1890: los límites entre playa y calle son difusos

Candás 1934: los limites son más precisos, pero las lanchas están en la calle mientras los candasos juegan en el puerto seco

Candás está inquieto. La causa es un documento que está tramitando el gobierno regional, denominado Estrategia Integrada Portuaria Litoral de Asturias (EIGPLA) y que, si bien intenta incorporar metodologías relativamente  novedosas, como la gestión integrada de zonas costeras, asume y oficializa para Candás la vieja propuesta, que circula por las redes sociales sin paternidad reconocida desde la VIII legislatura, de ampliar el puerto ganando terreno al mar sobre la playa de la Pregona. Se levantaría una explanada que, entre otros servicios, contaría con un aparcamiento, sirviendo además de nexo entre las actuales instalaciones portuarias y las nuevas que se construirían  ampliando hacia el “lado puerto” el contradique-escollera  ya existente.

Los candasos han reaccionado contra la propuesta. Pero no lo hacen por ese síndrome antihormigón que la crisis ha inoculado en casi todos los españolitos. Tampoco por defender un bello paisaje, de gran valor estético o ecológico. Lo hacen, quizá también, por eso. Pero sobre todo, porque la Pregona, la Farola y la Peña Furada, como la dársena o la desaparecida almena, forman parte de la identidad de Candás y de su memoria vital. Como forman parte, también,  del solar urbano de un pueblo que siempre se estiró hasta la orilla del mar. Porque, ya que hablamos de gestión integrada del litoral,  el puerto,  a diferencia del de otras villas marineras, siempre compuso parte indisoluble de la trama urbana. La perfecta integración en ella de la Pregona, con sus depósitos de pez, y de  los viejos muelles –que abrigan desde el siglo XVI la primitiva playa varadero, dividida por la desembocadura del río Rita-  así como las muchas horas que el amplio y creciente espacio intermareal  permanecía en seco – Madoz escribía, ya en 1853, que “el puerto se enarenaba con facilidad”- facilitaron esa relación, convirtiendo ese espacio portuario-litoral en una prolongación del casco urbano -que ahora ha incorporado la escollera y la lámina de agua portuaria- donde siempre convivieron armónicamente los usos deportivos y recreativos con las faenas de mantenimiento que, aprovechando la varada de bajamar, se hacían a la flota y el aparejo.

Los candasos sienten que, con la reforma propuesta, se les hurta esa parte de su identidad, de su historia y de la trama urbana de la villa, ya muy alterada. Y que ya fueron parcialmente sustraídas cuando la última reforma portuaria, que se llevó por delante la almena y las bajamares de la dársena, adulterando también  la rampla decimonónica o destruyendo morriones con siglos de amarres a sus espaldas. Y que además, aporta poco a Candás. Porque si los solares abandonados de los viejos y corroídos tinglados de salazón y conserva -el “salt-belt” candasín- propiciaron el controvertido “Marsol” o docenas de viviendas que aportaron al menos actividad turística y mejores condiciones de vida, de la reforma del puerto el pueblo apenas ha obtenido nada. Si acaso,  impulsó cierto dinamismo en la lonja local –pionera en la venta directa- y convirtió el muelle en punto de amarre para  unas 200 embarcaciones deportivas, lejos aún de las 400 en las que estimaba el proyecto la capacidad del puerto. Indicando, por cierto, lo innecesario, por ahora, de la ampliación portuaria,  más aun con Luanco y Gijón infrautilizados.

La propuesta del EIGPLA ha despertado la adormecida ciudadanía candasa, que siente que sin ese paisaje tan característico, la villa dejará de lado definitivamente sus señas de identidad, pasando a ser un pueblo costero más, casi mediterráneo. Hasta el punto de convertir una simple exposición fotográfica en sutil reivindicación de un espacio en peligro. Son ya casi 10.000 las firmas contrarias obtenidas a través de change.org y de la asociación vecinal. Tal cantidad, aún con casi seguras duplicaciones y aportaciones forasteras, apuntaría hacia un amplio e insólito consenso en una villa que anda por las 8.000 almas. El ayuntamiento ha alegado el EIGPLA, aportando, entre otros, argumentos como los aquí expuestos. Cabe esperar que la CUOTA, siguiendo los mismos principios de gobernanza que  la gestión integrada de costas proclama, sea sensible a ellos y busque la mejor solución para el muelle, armonizando el necesario abrigo del puerto con la protección de esos espacios.  Quizá el remate fuera la posible declaración como BIC de toda la ribera de la Pregona y de la dársena interior del muelle, que  conserva casi intacta –a falta de sus espaldones, tantas veces repuestos tras las galernas- su cantería lamida por siglos de oleaje.

Ahora bien, más allá del legítimo orgullo por ese pasado marinero, quizá no sea el momento de mirar hacia atrás para buscar el futuro ni, desde luego, para pensar que todo tiempo pasado fue mejor. Con mayor fuerza que en otras localidades costeras, el pequeño sistema industrial local –pesca, conserva, sal,  barriles, carbón, etc.- cimentó la economía candasina durante poco menos de un siglo -1870-1960- y desapareció hace décadas, tras entrar en decadencia durante los años treinta del siglo XX por motivos tan variados como complejos e incontrolables: desde la evolución de las técnicas de conservación del pescado fresco hasta el progresivo alejamiento de los caladeros, que exigió buques para los que el calado candasín no era suficiente. El último vestigio de ese pasado, la fábrica “Remo”, se fue hace pocos años. Pero no es menos cierto que, quizá por casualidad, ese pequeño sistema industrial precapitalista fue sustituido, a mi modo de ver, ventajosamente, por otro, ligado al metal, más vinculado al concejo y la comarca que a la villa. La creación de ENSIDESA en 1950 supuso una revolución social que terminó, no nos engañemos, con siglos de escasez, incertidumbre y, literalmente, zozobra.

Y es precisamente  esa industria  la que ha convertido la de Carreño en una historia de éxito, superando con mucho al ciclo pesquero: en los 25 años que van de 1988 a 2013, y siempre según Sadei,  la ocupación en Asturias permaneció estable, mientras que en Carreño escaló desde 3.657 a 6.067 empleos, muchos más de los que nunca aportó la mar. Los mismos, por cierto, que en 2007. El 46,5% corresponde a la industria: no está mal cuando tantos en España y Europa reclaman reindustrialización. De ellos, 1.623 corresponden al sector del metal, al que siguen en importancia otras industrias manufactureras (846 ocupados)   el comercio (664) y la salud, la educación y las administraciones públicas (501). Por el contrario, la pesca y el sector alimentario, que llegaron a suponer el 50% de la economía local  a principios del siglo XX, han pasado a ser marginales.  

Ahora bien. Al igual que los puertos parecen pasar por ciclos de actividad –la ballena hasta el XVIII, cabotaje  (no en Candás) hasta  mediados del XIX, la pesca bien entrado el XX, comenzando ahora uno de ocio y recreo- los ciclos industriales también alcanzan un final. Esa prosperidad carreñína, poco apreciada por su ciudadanía, se sostiene  sobre sectores mayormente maduros, que viven con la espada de Damocles de la nueva división internacional del trabajo pendiendo sobre ellos. Son además, intensivos en consumo de energía que, en buena parte, se produce en el mismo Carreño con sistemas de generación anticuados y contaminantes, seguramente revisables, más aún cuando la preocupación medioambiental empieza a constituir una de las señas de identidad del concejo.  Y no sin razón.

En mi opinión, esa inquietud ciudadana supone una oportunidad para que Candás y Carreño encaucen esa explosión de ciudadanía hacia aguas más constructivas, buscando el rumbo más deseable para un futuro que, hasta ahora, vino, mayormente, dado. Recuperando el impulso emprendedor de nuestros bisabuelos marineros y conserveros, o el atractivo para los foráneos, adaptándolo al siglo XXI. Apoyándose en el rigor del realismo de lo posible, considerando su localización, su integración metropolitana, sus recursos, su tradición y sus conocimientos. Un futuro en el que el muelle y desde luego, la industria agroalimentaria, deberían constituir piezas integradas en una economía más diversificada y limpia que la actual, sostenible y  capaz de mantener el privilegiado nivel de servicios municipales que disfruta Carreño y que, por ahora, sólo la actual industria permite financiar. Quizá sea el momento meterse en faena.  Prolongando, con un nuevo ciclo, esa historia de éxito que cumple casi dos siglos. 

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Sobre el autor

Tras un cuarto de siglo –y lo que quede- dedicado a la investigación social aplicada en el sector privado, en el público y al alimón, quizá fuera el momento de saltar a la palestra que me ofrecía El Comercio y aportar algo –o intentarlo, al menos- a la reflexión serena y, en lo posible, documentada y original, sobre lo que nos pasa.


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