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Jacobo Blanco

Qué nos pasa

Son, somos, más.

Las elecciones autonómicas celebradas ayer en Cataluña me sugieren algunas reflexiones de urgencia:

1. La primera, sobre las líneas de fractura que, a la luz de los resultados electorales, grietan el tejido social catalán. Resultados que, con una participación rayana en el 80% –al límite de lo técnicamente posible en unas elecciones- pueden considerarse bien representativas.

La que separa a independentistas (en torno al 47% del voto, asumiendo que todos los votantes de Convergencia o los de las CUP sean independentistas, cuando la primera bebe en las fuentes del catalanismo moderado y las segundas en la mejor tradición del anarquismo internacionalista catalán) y unionistas (53%) asumiendo también que los votos de la filial podemita -se supone que los que no lo son se han ido a las CUP o Junts- lo sean en su integridad.

Entre renovación y “tradición”: ahí está el fiasco electoral de los partidos tradicionales (todos pierden porcentaje de voto, incluido el conglomerado de Convergencia más ERC, y Unió, con más de 80 años de historia, desaparece del mapa parlamentario) y el auge de los neopartidos: éxito clamoroso de Ciudadanos, que se beneficia, con un relato fresco y desacomplejado, de ambas líneas de fractura, menos clamoroso de las CUP y muy relativo, en relación con las expectativas, del podemismo. Tres partidos que suman un 35% del voto. Con todo, y pese a los estragos de la crisis, que ha afectado muy especialmente a Cataluña, sólo –o nada menos que- la mitad de ese 35% es antisistema.

Y territorial: mayoría unionista en Barcelona –con ¾ de la población de Cataluña- y Tarragona. E independentista en Lérida y Gerona, menos urbanas.

2. El fracaso de Junts, que pierde porcentaje de votos y escaños por comparación con la suma de CiU y ERC en 2012, pese a la atosigante y distorsionadora propaganda institucional y mediática. No alcanzan el 40% y se dejan nueve escaños por el camino. CiU, sola y moderada, recogía más porcentaje del sufragio hace no tantos años.

3. Los electores de Ciudadanos, PSC y PP  suman más, en conjunto, que los de Junts.  No digamos si se sumaran los votos de Unió. Han obtenido, sin embargo, 51 escaños, once menos que Junts.  Es lo que tiene, más allá del sistema electoral, presentarse a las elecciones divididos y poco motivados, sin un mensaje positivo: ¿no sería momento de presentar una candidatura “Juntos, mejor”, con un programa de mínimos cosido por amor a España? ¿Acaso, y más allá de la motivación,  tienen más en común CiU y ERC que PP, PSC y Ciudadanos (y, tal vez, Unió)? Por cierto; la “rauxa” de la calle, visible en las multitudinarias manifestaciones septembrinas, no era sintomática del sentir general.   

4. La cerrazón alienante del  nacionalismo. A la vista de los resultados que iba desgranando el recuento, con clara minoría independentista y, desde luego, resultados bien inferiores a las expectativas de la candidatura encabezada por el señor Romeva, resultaba sorprendente la euforia de los señores Más y Junqueras, así como la del citado Romeva. Si bien cabe reconocer que el señor Mas estuvo relativamente contenido en una noche electoral propicia a los excesos que causa la euforia. Eso sí, reconoció finalmente, desafiante, el carácter plebiscitario de estas elecciones. Pues bien: perdió el plebiscito.

5. Y ahora ¿qué? La pírrica victoria de Junts añade dificultades a un gobierno que, ya de por sí, y por mor de las contradicciones internas de la propia candidatura –ideológicas y personales- parecía complicado con mayoría absoluta. El señor Mas, un superviviente nato, peón de brega de la decadente -pero influyente- burguesía catalana, parece amortizado tras el fiasco del “referéndum” de 2014 y el resultado electoral de este año. Da la impresión de que quizá sea la pieza a sacrificar si se quiere llegar a acuerdos parlamentarios. Y eso quizá supondría el final de la influencia de Convergencia en el gobierno de Cataluña en favor de una izquierda más o menos radical. Las CUP ya avanzaron que, de no darse mayoría independentista, aparcarían su colaboración con el “precés”. Cabe preguntarse si ese influyente empresariado de la región aceptaria sin más esa deriva izquierdista. Veremos qué sucede. Pero todo apunta a una inestabilidad parlamentaria que poco ayudará a mejorar la situación económica y social de Cataluña y, por ende, de España. No digamos cuando la única agenda política consensuable pasa por el soberanismo cuando no el independentismo. Y las prioridades de Cataluña, ahora, son, a mi entender, otras.

6. En realidad, Cataluña se parece cada vez más a Lampedusa: todo cambia para seguir  igual. Con los resultados en la mano, no parece momento de aventuras independentistas, sino de restañar heridas y cambiar de verdad las estructuras económicas y sociales de Cataluña, que, esas sí, son la causa de su mal estar y su decadencia económica. Pero el nacionalismo tampoco cambiará su discurso: pase lo que pase, aún con la independencia en la mano, no digamos con  fórmulas federales, la culpa de sus males seguirá siendo de España. Jamás de los propios catalanes. Que por algo son mejores: es la esencia del nacionalismo. Por supuesto, el “encaje”, con y sin federalismo, simétrico o asimétrico,  siempre será forzado. Recordemos que estamos tratando con nacionalistas con un balance de gestión peor que mediocre. Y España es su chivo expiatorio.

7. La clave está, a mi entender, en presentar batalla ideológica, forzando el debate social constructivo y realista y consolidando y ampliando la mayoría no independentista, haciéndola, por qué no, españolista. Desmontando la muchas veces falaz y distorsionadora mitología soberanista. Véase el éxito de Ciudadanos, con un mensaje esencial claro y sin complejos. Defendiendo la unidad de España (algo que, quizá, debería aplicárse bien el PSOE) tanto por razones históricas y sentimentales, como de mera conveniencia para todos. Y, sin duda, reivindicando España y una cierta idea de España –nuestra moderna España, europea, cosmopolita y exportadora, entre las 20 naciones punteras del mundo- como una historia de éxito, pese a indudables reveses históricos. Y, por supuesto, defendiendo la necesidad de regenerar el tejido social, económico e institucional de Cataluña y España. Y el clientelismo nacionalista. El reto es, por tanto, presentar esa batalla ideológica, con convencimiento y con un relato atractivo. Y hacerlo, en la medida de lo posible, juntos. Porque son –somos-más.

 PS. Cualquiera que sea el escenario futuro –improbable independencia, más que posible reforma constitucional y segura renegociación de la financiación autonómica- Asturias saldrá perjudicada, con las dificultades añadidas que ello supone para nuestra región. Léanse inversiones, investigación, políticas públicas, educación,…

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Sobre el autor

Tras un cuarto de siglo –y lo que quede- dedicado a la investigación social aplicada en el sector privado, en el público y al alimón, quizá fuera el momento de saltar a la palestra que me ofrecía El Comercio y aportar algo –o intentarlo, al menos- a la reflexión serena y, en lo posible, documentada y original, sobre lo que nos pasa.


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