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Jacobo Blanco

Qué nos pasa

Alarma laboral

En Asturias  repican las alarmas demográficas, pero sin reparar quizá en  una de las claves que propician una demografía sostenible: el empleo.  Es cierto que la demografía puede animarse desde las políticas públicas, o desde programas consistentes de conciliación.  Pero de  poco o nada servirán las medidas institucionales en territorios como Asturias, si carecen de atractivo laboral.

De acuerdo con la última EPA, en cuatro años de crecimiento económico –último trimestre de 2013 al último de 2017- Asturias generó unos 12.000 empleos, un crecimiento del 3,2%. El conjunto de España registró un 10,9% y regiones vecinas como Galicia, Castilla y León,  Cantabria o el País Vasco anduvieron entre el 5%-6,5%

Si atendemos a la cualificación, observamos que los rubros 2 y 3 de la Clasificación de Ocupaciones –técnicos, profesionales, científicos, intelectuales y técnicos y profesionales de apoyo- caen un 1,2%, mientras el total nacional aumenta un 12,2%, creciendo también en todos los territorios vecinos. Ocurre lo mismo con el personal cualificado de las empresas manufactureras: en Asturias cae un 6,7%, subiendo en las regiones vecinas, con la excepción de Cantabria, donde permanece estable. En el conjunto de España crece  un 14,4%. Sin embargo, en los servicios de restauración, personales y de comercio –por lo general, de escasa cualificación-  la relación se invierte y Asturias registra un alza del 13,1% superior al 7,7%  nacional y a los registrados por nuestros vecinos.

En definitiva, todo apuntaría a que Asturias no sólo crea poco empleo sino que tiende a estabilizar o incluso destruir el cualificado,  para ampliar el de media y baja cualificación. Justo al contrario que en las regiones vecinas  y el conjunto de España, donde más de la mitad de los nuevos empleos lo son de alta cualificación. Puede argüirse que la EPA, en desagregaciones regionales, presenta niveles significativos de error, o la creciente estacionalidad del trabajo. Pero la pauta se repite para otros trimestres y fuentes alternativas, como el registro de afiliación a la Seguridad Social, corroborarían algunas tendencias.  Sin ir más lejos,  el interanual de afiliación de marzo refleja un incremento del 1,3% -el más bajo de todas las autonomías- frente al 3,3% nacional. Y todo ello a pesar del excelente dato de PIB de 2017, impulsado en parte por una industria en aparente expansión.  Y la EPA para el tercer trimestre de 2018 indica que Asturias es la única región española que destruye empleo durante el último año.

Hace décadas que Asturias tiene el empleo congelado. El número de ocupados es inferior al de 1976, mientras que el nacional es un 50% superior. El descenso del paro es consecuencia, mayormente, del declive demográfico y no de la creación de empleo. Empleo que, además, no parece crecer ni en la intensidad ni en la dirección deseable.

Saltan las alarmas demográficas. Pero deberían saltar las alarmas laborales. Sin empleos atractivos, Asturias, salvo por precios,  carecerá de reclamos para que los jóvenes decidan vivir entre nosotros y tener hijos aquí. Quizá debamos entender que la demografía es consecuencia de tendencias más profundas.  Y son esas tendencias -y sus causas- las que, cuando no funcionan –y no lo hacen desde hace décadas- deben ser profundamente corregidas.

Una región en la situación de Asturias no puede tener una fiscalidad escasamente competitiva con el resto de España, que no constituye un acicate, precisamente, para empresas y particulares en una region que necesita inversión foránea. Una región como Asturias no puede permitirse el paliativo a corto plazo del gasto corriente (lo que algunos denominan “inversión” social) en detrimento de la inversión pública (en sectores estratégicos) y privada para el futuro. Una región como Asturias no puede entretenerse en estériles debates identitarios o sobre la oficialidad de esa paleoneolengua que nadie usa en nuestro territorio.  Y una región como Asturias requiere transitar poco a poco de las políticas de captación de rentas -nacionales  comunuitarias, cada vez más escasas, competidas y exigentes- a la generación de rentas.

Asturias necesita de una clase política y de liderazgo político. Claro que, si es posible, mejorando los sistemas de selección de élites. Pero necesita, sobre todo, de liderazgos sociales, que se sacudan ese conformismo que parece corroer el envejecido tejido social asturiano, libererando energías de esa Asturias que quizá sea nustra última esperanza: joven, animosa, con cierto punto rebelde, innovadora, que despunta en sectores como el tenológico, desde luego, pero tambièn en la agroganadería, el diseño industrial o los servicios más avanzados. También en las Administraciones Públicas. Capaces de trabajar de forma colaborativa, ya sea entre sectores económicos, empresas cmpetidoras o en partenariados público-privados. Grupos sociales capaces de ir más allá del eterno y estéril debate circular, sugiriendo  nuevas políticas públicas y e impulsando su realización práctica. Políticas que supongan un cambio sobre lo que, hasta ahora, no ha permitido sobrevivir, y no ahondar en más de lo mismo.

Revertir, en suma, la tendencia declinante del último medio siglo. Ojalá en medio siglo más -y si es antes, mejor- suenen yo ya las alarmas, sino el repique de campanas por haberlo logrado.

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Sobre el autor

Tras un cuarto de siglo –y lo que quede- dedicado a la investigación social aplicada en el sector privado, en el público y al alimón, quizá fuera el momento de saltar a la palestra que me ofrecía El Comercio y aportar algo –o intentarlo, al menos- a la reflexión serena y, en lo posible, documentada y original, sobre lo que nos pasa.


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