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Jacobo Blanco

Qué nos pasa

EC: La fidelidad a unos valores como clave de longevidad

El dos de septiembre de 1878, reciente la Restauración monárquica tras el convulso Sexenio Revolucionario, salía el primer número de El Comercio en un Gijón de 30.000 habitantes.   Más de la mitad, 16.000, analfabetos. Asturias frisaba las 600.000 almas mientras alumbraba una incipiente industrialización. Ya producían –en pequeñas cantidades, siquiera para lo que se estilaba en Asturias y más tarde en la propia España- Duro Felguera o la Fábrica de Mieres.  Moreda abriría pronto su factoría. Quedaban algunos años para que, tras veinte de obras –incluyendo años de paralizaciones y agrios debates, oh, wait!- entrara en servicio el ferrocarril de Pajares. Algunos más para inaugurar El Musel. Conjuntamente, impulsarían el comercio del carbón, su explotación y, de paso, la economía gijonesa y asturiana. Tímida y brevemente, entraba en vigor la reforma arancelaria de Figuerola, facilitando la liberalización de las importaciones de bienes de equipo  y de  la inversión extranjera en sectores no ferroviarios, si bien pronto se volvió al proteccionismo. Comienza la Belle Époque, uno de esos raros y prolongados periodos de paz y prosperidad que ha disfrutado Europa y  al que España, Asturias y Gijón no se sustrajeron del todo.

Un periódico puede nacer al servicio del poder político, o del interés personal o partidario. El Comercio surge en ese contexto de transformación política y económica,  Impulsado por industriales locales plenamente conscientes del momento histórico y de las resistencias que  se le oponen. Industriales interesados en fomentar  los valores del progreso, amparado en la estabilidad política. Pero tampoco exentos de inconformismo. Conscientes de la importancia de una  “opinión pública” que  “no se forma sin mediante (sic) la propaganda y difusión de la verdad y la controversia entre los principios”, su primer editorial proclama que nace “como un periódico local, consagrado preferentemente a los intereses económicos y materiales (…) sin renunciar al desarrollo de la cultura y al fomento del desarrollo moral de nuestro pueblo”, “superando a partidos y parcialidades”.

Portada a portada, El Comercio dará fe de la transformación de Asturias en territorio fabril aupado por un proteccionismo creciente. Pero también de la progresiva descomposición de sistema político de 1876 (¿les recuerda algo?)y de la  creciente conflictividad social,  que desembocará en  la Dictadura primorriverista y la inestable II República, culminando con la intentona revolucionaria de 1934 y la Guerra Civil.

En 1957 da cuenta de la inauguración de Ensidesa. Es un momento paradójico.  Asturias está en la cumbre: es la quinta provincia más rica de la nación, sus minas registran producciones record y se abren plantas siderúrgicas, puertos, la Universidad Laboral o barrios de vivienda protegida. Pero es el canto del cisne: ese día, poniendo en marcha el primer alto horno, Franco anuncia “el fin de una España raquítica”, “que se está transformando” “y no ha de asustarse ante los incrementos de producción”, asegurando que  “hemos de salir a pelear y luchar en el Mercado Común”.  Asistimos a un giro histórico que alcanza hasta hoy. Y si para buena parte de España fue provechoso,  sumirá a Asturias y a otras regiones, como Cataluña y, en menor medida, en País Vasco, en una relativa  decadencia.

En 2018, El Comercio, con una dimensión local, peor tambien plenamente asturiana, forma parte de un grupo editorial con dimensión nacional. Gijón está anclado en el área metropolitana de una Asturias que si, por una parte, lucha por competir en los mercados globales, y con  frecuencia exitosamente, en sectores que comprenden desde los bienes de equipo al aeroespacial, por otra contempla el desmantelamiento de su tejido industrial trocando sus records en otros: envejecimiento, baja fecundidad e inactividad. Una Asturias medularmente conservadora y conformista, captadora de rentas, proclive al gasto social y renuente a invertir en el futuro.

Creo, sin embargo, que El Comercio se mantiene  -y debe mantenerse- fiel a sus valores fundacionales, adaptándolos, claro está,  a los tiempos sociales y tecnológicos. Abriendo, algo a contracorriente y desde la independencia, controversias imprescindibles, reivindicando cada día en las redes sociales, en foros, en sus ediciones digital y analógica, los valores, intereses  e iniciativas de esa Asturias cosmopolita,  inconformista, menos minoritaria de lo que pensamos  que, en un marco institucional estable pero flexible, no sólo quiere progresar sino también que la dejen progresar y transformarse.  Y quizá sea esa perseverancia  una de las claves de su exitosa longevidad.

 

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Sobre el autor

Tras un cuarto de siglo –y lo que quede- dedicado a la investigación social aplicada en el sector privado, en el público y al alimón, quizá fuera el momento de saltar a la palestra que me ofrecía El Comercio y aportar algo –o intentarlo, al menos- a la reflexión serena y, en lo posible, documentada y original, sobre lo que nos pasa.


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