A lo largo de los últimos años, varios artículos en El Comercio han dejado clara mi posición favorable a organizar el área central como un área metropolitana e, incluso, a estudiar la posibilidad de establecer algunas áreas micropolitanas en algunas comarcas del oriente y Occidente de la región. Y lo hago por varias razones:
1. El hecho, demostrado empíricamente, de que en el centro de Asturias hay un área metropolitana. Cumple con los criterios más exigentes para delimitarlas: todos los concejos que forman parte de ella cumplen el criterio de que al menos un 40% de residentes ocupados trabajen en municipios cercanos. También tiene hechuras de Metropolitan Growth Area (MEGA) por volumen demográfico –e incluso por crecimiento durante las últimas décadas- por sus dotaciones universitarias, hoteleras, por el número de empleos cualificados,… Parece lógico, por tanto, gobernarla como tal.
2. El que Oviedo o Gijón, no digamos Avilés o Siero, no tienen capacidad para competir en escenarios que, como mínimo, alcanzan una escala europea, en los que las ciudades son cada vez más importantes, superando a regiones y, en ocasiones a los estados. Por sí mismas, nuestras ciudades no tienen capacidad para ofrecer servicios competitivos para organizar algunos eventos de rango europeo o mundial –congresos, ferias- o carecen de masa crítica para atraer empresas intensivas en conocimiento o tecnología.
3. El desorden de un territorio ordenado sin más criterio que el local, en el que los suelos residenciales se han expandido sin relación alguna con las redes de transportes, donde los centros comerciales han proliferado por doquier, sin relación clara con el tejido urbano ni la red de transportes y, salvo alguna excepción, con su rentabilidad comprometida, o donde surgen equipamientos y dotaciones redundantes y sin ton ni son, esos que luego son conocidos por lo que, en el argot popular, se denominan “pufos”.
Contra el área metropolitana se alzan voces que abogan por mantener el actual estado de cosas, aduciendo básicamente dos argumentos:
1. Que el área metropolitana supondrá más “chiringuitos”. El modelo cooperativo que se ha elegido, carece de estructura administrativa propia, siendo más un órgano de deliberación y acuerdo que se apoya en estructuras administrativas preexistentes. El documento que establece el funcionamiento del el área metropolitana descarta textualmente, además, la aparición de nuevos órganos de gobierno. Hay personal y estructuras en la propia administración regional, como la CUOTA o el propio CTA, entre otros, que tienen un enorme potencial por desarrollar.
2. Que pretende despojar a Oviedo de su “sagrada” capitalidad. Pero ¿en qué consiste la capitalidad? Básicamente en ser sede de los centros directores de la administración regional. Oviedo, tanto por tradición como, sobre todo, por su localización central, tan accesible, es el lugar adecuado para ellos, en el que todo planeamiento territorial sensato los mantendría. Pero Oviedo –y su alfoz- es sede también de muchas actividades no necesariamente ligadas a la capitalidad: desde el hospital de referencia a las empresas financieras y de servicios empresariales de la región, así como de buena parte del pequeño, mediano y gran comercio o de las plazas hoteleras así como de la Universidad y de algunos equipamientos y dotaciones claves para la proyección exterior del Principado. Y mantener buena parte de esa actividad no ligada directamente a la capitalidad depende de muchos factores, desde la capacidad de Oviedo para mantener su atractivo hasta las tendencias a la concentración empresarial en algunos sectores. Oviedo, por supuesto, encara un futuro con muchas amenazas, como su declive como plaza comercial o, incluso, empresarial. Pero la pérdida de la capitalidad no es una de ellas. Ni lo es el área metropolitana.
3. Que lamina el municipalismo. Creo que no hay tal, más allá de que los municipios tendrán que compartir algunas decisiones de estrategia metropolitana que, desde luego, afectarán a su planeamiento, pero siempre sujetas a mecanismos de control ciudadano.
Por tanto, los motivos que se aducen rechazar el área metropolitana carecen de base, más allá de la agitación lanzada desde ciertos sectores muy localistas, quizá más preocupados por asegurar su poder local que por el interés de la ciudad en sí.
Sin embargo, las obras humanas no son perfectas, y hay tres cosas, al menos que no me gustan de esta área metropolitana.
1. Nace tarde. Si hubiéramos tenido un instrumento así hace un cuarto de siglo, cuando algunos lo propusimos, quizá nos hubiéramos ahorrado buena parte del actual caos territorial del centro astur: suelos desocupados, la dispersión de la urbanización desvinculada de una red ferroviaria tan densa como la asturiana, y de la que, a su vez , con frecuencia, se ha desvinculado el autobús; equipamientos redundantes, muchas veces casi hasta el infinito, algunos de ellos inapropiados y casi siempre deficitarios, o que en Oviedo entren todos los días 150.000 coches, muchos de los cuales pasan el día ocupando plazas de aparcamiento en los barrios o en centros comerciales. Pero, como dice la sabiduría popular, nunca es tarde si la dicha es buena.
2. La metodología utilizada para ponerla en marcha. Sin duda es empresa ardua, pero no es menos cierto que se ha hecho, digamos, con excesiva discreción, un tanto de espaldas a una ciudadanía que no termina de comprender en qué consiste y en la que se apoyan los grupos y concejos que la han rechazado. Hasta ahora, además, no incluye a Adif y Renfe, dos actores clave en la articulación de ese espacio metropolitano y sin cuya complicidad nada será posible. Por otra parte, los mecanismos de toma de decisiones parecen un tanto complejos y de dudosa operatividad. Deseo que todo ello pueda pulirse una vez pasada la agitación electoral.
3. Carece de objetivos, más allá de servir de acceso a fondos europeos. Nadie sabe muy bien para qué se crea. Quizá sea su mayor debilidad. Se ha abordado como la puesta en marcha de un ente de coordinación administrativo multinivel que, como decíamos, carece de objetivos claros, visualizables, acabando, quizá por ello, por azuzar no ya la desconfianza en nuestra desprestigiadísima la clase política, sino sentimientos locales arraigados, y que no por tradicionales o incluso antiguos, dejan de ser muy propios de tiempos en los que lo sentimental prevalece sobre lo racional. Además y a mí modo de ver estamos incurriendo en los viejos vicios del pasado: en vez de tener un proyecto para el que buscar financiación parece que actuamos al revés: olemos el dinero y nos ponemos a buscar proyectos. Es riesgo es que suceda lo que ya pasó con manás como los Fondos Mineros. Para soslayarlo quizá sea posible enhebrar alguna idea para legitimar el área central ante los escépticos. Digamos que una magnífica red de transporte público para los 300.000 asturianos que se desplazan cada día por la metrópoli astur. Pero, en mi opinión, no es suficiente.
Creo que Asturias necesita un proyecto de futuro, con estrategias claras, ambiciosas pero realistas para su área central y sus Orientes y Occidentes. Un proyecto que aúne a territorios, partidos y sociedad civil, soslayando localismos e insularidades políticas. Un proyecto que ponga a Asturias a mirar hacia el futuro con algo de esperanza, en vez de hacerlo hacia el pasado que fue mejor con ánimo de resistir, exánimes, para conservar lo poco que nos queda de él. Un proyecto que vaya mucho más allá de mejorar las redes de transporte para cumplir con las directivas europeas de emisiones: que prevea espacios estratégicos, metropolitanos , atractivos para nuevas actividades, en los que sea posible hacer buenos negocios que a su vez retengan y atraigan mano de obra cualificada, creativa, que demandará nuevos espacios residenciales y de ocio. Un plan en el que el área metropolitana sea sólo un instrumento a su servicio y no un objetivo en sí mismo. Un espacio en el que los concejos se pongan de acuerdo para trazar unas directrices de planeamiento que, tras detectar las carencias del área central, establezcan unos espacios metropolitanos estratégicos, bien comunicados, en los que asentar esas nuevas actividades, donde levantar nuevos equipamientos y dotaciones, quizá gestionados de forma compartida, y bien ligados al territorio en el que se asientan, asegurando continuidades en el territorio más allá de las fronteras administrativas. Ni más ni menos. Todo lo no estratégico seguiría bajo control municipal. Como la propia área metropolitana como espacio compartido.
Muchos dirán que sueño despierto. Y quizá tengan razón. Pero miren al Este. Hace un cuarto de siglo, y a 300 kilómetros de centro de Asturias, un área metropolitana, al borde del colapso social y económico, decidió ponerse en pie, decir hasta aquí hemos llegado, elaborar un proyecto territorial para las décadas por venir, ilusionar a partidos, empresas, sociedad civil y ciudadanía (que, como siempre, era la más escéptica) y constituir algo muy parecido al área metropolitana para poner en marcha sus sueños. El Bilbao de hoy en día, que es mucho más que el Guggenheim y una hacienda foral, es un ejemplo de cómo transformar una ciudad mohína, enfrentada y decadente en una metrópoli pujante e innovadora, que mira con cierta confianza al futuro, que tiene a una ciudadanía satisfecha. Un ejemplo, en fin, de buena práctica. ¿Vamos a ser los asturianos menos que los vizcaínos?
Pongámonos en marcha.