Desde Polibio a Nietzsche, siempre hubo partidarios de explicar la historia y las sociedades a través de ciclos y eternos retornos El domingo cerramos ciclo electoral iniciado con las elecciones andaluzas. El hundimiento de Podemos, contraimagen de un notable reagrupamiento del voto de las izquierdas en torno al “voto útil” para el PSOE, repite, casi veinte años después, el esquema de aquel PCE -luego IU- cuyos resultados eran espejo invertido de los obtenidos por el PSOE. Con todo, el botín obtenido por los socialistas es desigual. Han logrado el premio gordo de la Presidencia del Gobierno, pero quizá hayan perdido poder territorial: ganan La Rioja, pero perdiendo Andalucía y, tal vez, Aragón. Amplían su influencia en feudos tradicionales como Extremadura o Castilla La Mancha apoyándose en líderes con carisma ubicados en familias ideológicas que no son las del secretario general. El balance local es también desigual, perdiendo quizá Zaragoza y Oviedo, por ejemplo, pero obteniendo las capitales gallegas.
Al otro lado del espectro ideológico, las derechas muestran una notable fortaleza que sólo debilita su fragmentación, muy especialmente en el Congreso y el Senado. Todo apunta, sin embargo, a que quizá la derecha política esté comenzando una reorganización parecida a la sufrida por las izquierdas durante el pasado trienio: Vox no acaba de cuajar como gran partido de derecha extrema, al modo del FN francés o La Liga italiana, dejándose en estas regionales y locales unos cuantos votos en favor del PP. Ciudadanos sufre su indefinición: alma socialdemócrata –especialmente en Asturias- con electorado mayormente liberal o de derecha moderada ; aspiración a liderar el centroderecha desde ubicación típica de bisagra, sin superar a un PP que, arañando votos de Vox y quizá del propio Ciudadanos, ha logrado esquivar el naufragio, recuperando además plazas como el ayuntamiento de Madrid. Surge un interrogante: ¿estamos ante un punto de inflexión en la tendencia a la fragmentación política, reforzando los dos pivotes sobre los que se asentó nuestro sistema de partidos desde 1982? Veremos. Desde luego, de ser así, y a la vista de los resultados europeos, seriamos una rara avis en un panorama político cada vez más astillado.
Surgen además algunas paradojas: una, que Podemos, hundido electoralmente, vaya a ser decisivo para la investidura y posterior gobernabilidad en los territorios donde ha sobrevivido, obligado, si le dejan, a ser “útil”. Sucede lo mismo con Ciudadanos, a poco que pueda y sepa articularse como bisagra o, incluso, Vox. Dos, da la impresión de que el cuerpo electoral, muy especialmente en las derechas, no acaba de comprender los mecanismos de reparto de escaños, dispersando el voto en las generales y unificándolo en europeas, regionales y locales, donde el castigo a la dispersión es menor o incluso inexistente.
Mirando a Asturias, los resultados dejan un cierto aroma a déjà vu: esa victoria larga del PSOE –y única de ellas del sector “sanchista” España – y un PP que parece resistir al CDS, a URAS, Foro, UPyD, a Ciudadanos e incluso a sí mismo. Oviedo parece volver a manos del PP, quizá no tanto por méritos propios como por deméritos de un adversario enredado en bulevares y vodeviles y Gijón al PSOE, cerrando el último bastión de un Foro que, en su día, fue pionero aproando al bipartidismo.
Ahora bien, quizá el gran interrogante es el porqué de la victoria larga de ese socialismo que ha acompañado la decadencia imparable de nuestra región, de la que, además, y quizá por vez primera, los asturianos son plenamente conscientes. Parecemos cerrar un ciclo de inestabilidad. Y, sin embargo, se cierra votando a un PSOE cuyo programa ofrece más de lo mismo; en esencia, lo social, sin que cuajen alternativas. Cabe pensar que es por resignación, quizá por miedo o por vejez por lo que tantos asturianos votan a quien más les dé y no a quién más les permita dar. El problema no es ya la sostenibilidad económica de unas estructuras social y económica que no dan más de sí, sino que son fenómenos compartidas con regiones como Extremadura, Castilla- La Mancha o, más allá de los espejismos malagueño o almeriense, Andalucía, a las que cada vez nos parecemos más en tantas tendencias e indicadores. No parecemos salir, jamás, de la estrategia cortoplacista de captación de rentas. Y es que, por lo general, el problema no son tanto lo políticos como las sociedades. Quizá por ello, esa sensación de eterno retorno, de bucle infinito del que nunca salimos. Peor aún es contemplar el ciclo largo: Asturias, región pobre aislada y agraria, se industrializa casi por casualidad. Casi dos siglos después parecemos estar cerrando el ciclo industrial para volver a esa Asturias eterna que algunos, incluso, parecen vindicar sin que nadie se anime a enarbolar una bandera –y la sociedad, a seguirla- que desafíe la consumación de un ciclo que en absoluto es inevitable.