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Jacobo Blanco

Qué nos pasa

Elecciones y la Asturias que se vacía

La demografía ha tratado de abrirse paso, sin éxito, en la campaña electoral. Durante muchos  años, los problemas relacionados con las pautas de evolución de la población fueron orillados, quizá por recordar a algunas políticas públicas del Franquismo, primero; y porque luego, entre 1995 y 2009, y desafiando todas las previsiones,  el  monto de españoles creció notablemente, gracias al repunte de la natalidad y, sobre todo, a un fenómeno inédito en España: la inmigración.

Sin embargo, y tras la Gran Recesión de 2007-2013, las pautas demográficas han cambiado:

  1. A partir de 2016, la población ha vuelto a crecer. Pero lo hace en con menos vigor debilidad que antes de la crisis y dependiendo exclusivamente del componente migratorio (entrada de inmigrantes). El vegetativo es negativo.
  2. Se han agudizado los desequilibrios sociales y territoriales. En los dos últimos años la población española creció en unos 430.000 efectivos, todos extranjeros. De ellos, 160.000 quedaron en Madrid y el resto, básicamente, en el litoral Mediterráneo, las islas y las capitales de provincia.
  3. Pese a ello, España tiende a envejecer, amenazando la sostenibilidad del Estado de Bienestar, alterando pautas de consumo y, por tanto, el crecimiento económico.

Estas pautas no son exclusivas de España, sino compartidas con Italia, Portugal o, en los últimos años, Polonia. Pero no es menos cierto que en otras naciones europeas, las tasas de fecundidad se acercan mucho a las de reposición (2,05): Irlanda, Reino Unido, Francia, Bélgica, Escandinavia o, fuera de la UE, Estado Unidos, presentan tasas siempre superiores a 1,7, muy lejos de los 1,3 de España.

Pero no debemos olvidar que las pautas demográficas son siempre síntoma de otros problemas. En el caso de España, nuestra débil demografía se explicaría por:

  1. Escasa intensidad del empleo. Para alcanzar las de países de alta fecundidad como los citados, necesitaríamos sumar unos cinco millones adicionales de ocupados a los casi 19,4 que registró la última EPA. Pero además de más empleo, es necesario que esté mejor remunerado –un factor crítico en las cohortes jóvenes- y que su  sustitución por otro en caso de despido sea más fácil.
  2. Dificultades para la conciliación laboral-familiar: además de racionalizar horarios, el empleo debe ser también más flexible o facilitar la ocupación a tiempo parcial (en el caso de las mujeres, 80% en Holanda, 40% en Alemania o Suecia,…). Por supuesto, es  también deseable una mayor implicación de los varones en las tareas de crianza y las tareas domésticas.
  3. Escasez de políticas públicas para la infancia y las familias, en las que España es cicatera: ir más allá de las deducciones fiscales (de las que no todas las familias de benefician) facilitando ayudas directas a las familias, guarderías,
  4. Cambios culturales, quizá los más complicados de cambiar: desconfianza en el futuro y ausencia de planes de vida entre los más jóvenes, rechazo a la maternidad (25% de las mujeres de 30 a 40 años), hipervaloración del trabajo.
  5. Súmese a todo ello, en lo que se llama la España vacía –esencialmente rural- una baja calidad de vida, concepto que va más allá del aire puro o de la nostalgia neorruralista: escasez de servicios públicos y privados, debilidad de comunicaciones y telecomunicaciones, de la oferta de ocio…

En términos generales, allí donde la se suman estos factores negativos, la evolución demográfica es peor que donde no: rural frente a urbano y periurbano;  Madrid, Levante frente a esa España vacía a la que Asturias pertenece de pleno, mostrando invariablemente los peores indicadores demográficos. No sólo es la región que más se despuebla. Es la única en la que TODOS sus municipios pierden población entre 2011 y 2018. Una tendencia coherente con otras, como presentar los peores indicadores de crecimiento económico y de la ocupación, especialmente de la más cualificada. Y que se consolidará: las madres futuras -mujeres en el grupo de edad 20-29- son 82.000, por 128.000 entre 30 y 39.

En consecuencia, Asturias, además de las ya señaladas para el conjunto de España, requiere otras medidas específicas, casi de última oportunidad, inspiradas en principios como:

  1. Fomentar y atraer inversión privada en sectores poco o no contaminantes que generen empleo cualificado, contribuyendo a fijar o incluso atraer jóvenes.
  2. Racionalizar el gasto público y reorientarlo hacia la inversión.
  3. Estimular condiciones para el desarrollo endógeno del rural, diversificando explotaciones, fomentando la cooperación entre ellas con criterios empresariales y sectores como el agroforestal y alimentario. Tenemos un ejemplo de éxito: el Oscos-Eo de los años 80.
  4. Revisar la gestión del territorio rural, mejorando su calidad de vida, estableciendo una red de áreas de actividad como modos estructurantes, e incorporando la figura del área micropolitana.

Y, por último, la condición sine qua non: Asturias  necesita un liderazgo fuerte, en las antípodas del populismo, motivador e ilusionante, capaz mirar al provenir y de romper la inercia de décadas. Sin duda es un reto complejo y con efectos a largo plazo. Pero el continuismo no es alternativa. Veremos si el 28 de abril y el 26 de mayo nos aportan esperanza.

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Sobre el autor

Tras un cuarto de siglo –y lo que quede- dedicado a la investigación social aplicada en el sector privado, en el público y al alimón, quizá fuera el momento de saltar a la palestra que me ofrecía El Comercio y aportar algo –o intentarlo, al menos- a la reflexión serena y, en lo posible, documentada y original, sobre lo que nos pasa.


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