Semanas atrás, comprobábamos el magro dinamismo de la economía astur durante las últimas décadas. Y especialmente durante esta crisis. Pues bien, para intentar mantener su nivel de riqueza relativo por habitante, Asturias drena población desde hace 30 años: un sorprendente –por inaudito- 5%, mientras el conjunto de España gana un 20%. Y a costa de nuestros jóvenes, quizá de los mejores. Y a través de una triple víaa: por emigración –el saldo relativamente equilibrado enmascara el éxodo juvenil con el retorno de las viejas diásporas al jubilarse- por una inmigración extranjera comparativamente escasa…y por los no nacidos.
Porque hay una relación matizada, pero clara, entre natalidad y cantidad y calidad de la ocupación. Y Asturias tiene pocos ocupados y cada vez peor pagados. No es sólo que la suma de parados y jubilados supere a los ocupados. Es que sólo trabaja el 41% de los mayores de 25 años, récord nacional, quizá europeo. Menos que en 1975. En España, son un 30% más. Los salarios se sitúan ya por debajo de la media nacional. Sí, nada que no ocurra en regiones vecinas. La diferencia está en que en Asturias constituye algo novedoso. Un ejemplo: nuestras pensiones son las más elevadas, tras las vascas. Pero los salarios vascos aún son generosos. En Galicia o Castilla y León ambas, pensiones y salarios, bajan de la media nacional. Los asturianos sufrimos, por tanto, una inédita brecha generacional. Los hijos viven comparativamente peor que sus padres. Por eso se van. O dependen, crecientemente, de la transferencia familiar de rentas, complementaria de la nacional y europea.
Asturias parece inviable, atrapada en un círculo vicioso. La bases imponibles de la región –trabajo, consumo, beneficios empresariales- tienden a reducirse mientras los gastos –pensiones, sanitario, asistencial,…- crecen. Fruto, en parte, de esas mismas dinámicas socioeconómicas. El déficit de la Seguridad Social es, por habitante –y casi en términos absolutos- el más elevado de España. La recaudación fiscal ha caído muy por encima de la media española, amplificando un problema nacional: poca actividad implica pocas rentas y poco consumo a gravar.
Nuestra estrategia paliativa consiste, desde hace décadas, en compensar la caída de ingresos y actividad mediante la captación de rentas foráneas, españolas y europeas. Acompañada, en los últimos años, por una presión fiscal comparativamente creciente. Esos parecen los afanes –comprensibles, por otra parte- de nuestros gobiernos autonómicos.
Pero no parece una estrategia con futuro, siquiera a medio y largo plazo. Las tendencias dentro de España –a punto de revisarse el modelo de financiación, que a buen seguro empeorará para Asturias- y Europa -más rigurosa en la concesión de fondos- así como los efectos estadísticos derivados la ampliación de la Unión hacia el Este, que nos desfavorecen, apuntan a que los recursos foráneos podrían reducirse, dejándonos al albur de los nuestros. Además, empiezan ser preocupantes los indicios de que la presión fiscal podría estar disuadiendo a posibles inversores o contribuyendo a su deslocalización. Encogiendo, de paso, y aún más, nuestra base imponible. Lo dicho: Asturias parece atrapada en un círculo vicioso –reducción de actividad-más gasto-más impuestos-menos actividad…- en el que nos hundimos cada vez más. Pero…¿y cómo retomar el círculo virtuoso?