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Jacobo Blanco

Qué nos pasa

Husos y usos

La Subcomisión para la Racionalización de Horarios del Congreso (sic) presentó una propuesta, aprobada por la mayoría de la Cámara, instando al Gobierno a cambiar nuestro huso horario, adoptando el británico.  Parece una iniciativa chusca, de esas que hacen sospechar de las ocupaciones de nuestros próceres. Pero el asunto tiene más enjundia de la que parece: afecta a nuestra productividad, a nuestros usos y a la armonía social.

Nuestro extravagante uso del tiempo –por comparación con nuestros vecinos europeos- nos lleva a levantarnos y llegar al trabajo a la misma hora que nuestros vecinos.  Sin embargo, una vez allí, no trabajamos: el tiempo se va en leer la prensa, comentar el partido, el pincho,.. Resultado: para producir lo mismo que un alemán –sí, lo hacemos- necesitamos emplear más horas. Sumen a ello que  seguimos comiendo  copiosamente y con ceremonia, como Fortunata o Fermín de Pas. No es extraño que volvamos al trabajo hacia las cuatro o las cinco, cuando los colegas europeos se aprestan a volver a casa. Y, claro, salimos a las siete, las ocho o las nueve. Más la cañita o el vinito. Afterwork, que le dicen ahora. O el running. La vuelta a casa se retrasa. Y surgen los conflictos: con la pareja, por aquello de conciliar. Y con la comunidad escolar, reclamando horas extras en el cole de los niños (el 65% de los centros utiliza ya la jornada continua)…Por no mentar el cansancio que produce acostarse sistemáticamente pasadas holgadamente las doce, cuando nuestros vecinos llevan  un buen rato durmiendo, para levantarse a las siete o más temprano. Lo conté, hace años, en un congreso sobre usos del tiempo en Beçanson, la hermosa ciudad relojera de Francia. Mis oyentes, procedentes de toda Europa, escuchaban asombrados.

Pero lo más sorprendente de todo es que nuestro desbarajuste horario es contemporáneo. Fortunata y don Fermín comían a las doce o la una. Tampoco parece relacionarse con el cambio horario de 1942: aún en los años 70, muchos hogares comían a la una y media. El comercio cerraba a la una. En invierno, Oviedo o Gijón quedaban desiertas pasadas las ocho. La tele no emitía a partir de las doce. Dudo mucho, por tanto, que  el mero cambio de huso horario ponga coto al desbarajuste de usos. Me contaba  uno de Vitoria, divertido, que “los vascos españoles y franceses somos todos vascos. Pero los franceses, a las dos, han terminado ya de comer y nosotros aún estamos ligando el pilpil”. Pues eso.

Quizá una de las explicaciones del retardo esté en la implantación de la jornada intensiva -un invento español; siempre el almuerzo delimitando la jornada-  allá por los 60, cuando una banca y unas administraciones públicas en plena expansión facilitaban el pluriempleo. Y que eso arrastrara al resto de los españoles, aun con jornada partida. Desconfío del decreto como instrumento para el cambio social. Racionalizar nuestro uso del tiempo requiere modificar profundamente hábitos culturales y alimenticios -muy especialmente, los almuerzos- muy arraigados. Un desafío más. Necesario. Pero ¿no será, ahora mismo, excesivo?

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Sobre el autor

Tras un cuarto de siglo –y lo que quede- dedicado a la investigación social aplicada en el sector privado, en el público y al alimón, quizá fuera el momento de saltar a la palestra que me ofrecía El Comercio y aportar algo –o intentarlo, al menos- a la reflexión serena y, en lo posible, documentada y original, sobre lo que nos pasa.


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