Algunas afirmaciones lanzadas por Saskia Sassen en su visita a Asturias han animado los debates en la comunidad sociológica asturiana y su contornada. Uno, la controversia sobre las clases medias –ya viejo en EEUU, no tanto aquí. Obviamente, estas quinientas palabras no son el marco más apropiado para abordar tan frondoso asunto, pero quizá permitan ofrecerles algún bosquejo.
Lo primera pregunta es ¿qué entendemos por ese cajón de sastre que llamamos clases medias? Las definiciones son muy dispares. Hay quien las mide exclusivamente por ingresos. Pero no es suficiente. La clase social fue siempre, y aún más ahora, una combinación de variables como renta, pero también estatus, capital, formación, relaciones,…La novedad es que todas esas variables, antaño muy ligadas, hogaño tienden a desligarse. Ejemplo: ingeniero ochocientoseurista. Más que a la desaparición de las clases medias, quizá asistamos a su fragmentación y devaluación. De ahí nuestro desconcierto. Meses atrás, la BBC publicó un estudio –disponible en internet- que, aunque de metodología discutible, apuntaba, como tantos trabajos académicos, por ahí: las divisiones tradicionales de clase sólo abarcaban al 36% de los británicos. Y dibujaban siete estratos sociales, desde las élites al precariado. Entre ellos, cinco capas intermedias un tanto heterogéneas.
Las sociedades avanzadas constituyen, por tanto, un creciente caleidoscopio, complejo, fluido, cambiante. No sirven las viejas hormas. Ni el maniqueísmo marxista, ni la clásica simplificación: alta, media, baja (y, a veces, obrera). En su versión más reciente ese caleidoscopio social es fruto, entre otros, como la tecnología, de dos fenómenos: el postindustrialismo financiero y la mundialización. La brecha entre elites económicas y las capas intermedias y el denominado precariado tiende a ensancharse. Las elites suman a algunos perspicaces “ricos de toda la vida” otros no menos perspicaces financieros y empresarios globales. Unos, aprovechando recursos que aún multiplican por diez a la economía real. Otros, las posibilidades que la mundialización ofrece a sus empresas. Miremos la lista Forbes: Slim, Gates, Ortega, Buffet, Bloomberg… (todos ellos, por cierto, desconocidos hace 30 años). Añadan gente como las estrellas mediáticas. Al otro extremo, muchos bregan entre la asistencia social, la caridad y trabajos en servicios rutinarios, poco cualificados y peor pagados, quizá por existir un inmenso ejército de reserva, en parte inmigrante. Entre ambos, la desindustrialización de Euroamérica en favor de otras regiones -Latinoamérica y Asia- ha propiciado la deslocalización de parte de los puestos medios industriales, técnicos y profesionales a esos países. Por eso, paradójicamente, las clases medias son más abundantes que nunca en la historia. Sólo que, en parte, han cambiado de sitio. Aquí perduran –y surgen-los más innovadores y sofisticados, aquellos con menor competencia, o los “tradicionales”… ¡pero devaluados!
Todo ello, más una creciente sobrecarga fiscal que mantenga el estado de bienestar, llena de desconcierto, perplejidad y disgusto al mesocrático occidente. Y no digamos a nuestros jóvenes. Añadamos, en España, la efímera eclosión de una endeudada “burguesía low-cost” ligada a las burbujas del ladrillo, las finanzas y el sector público, que comprueba cómo se desvanece su espejismo social. Desconcertados ante un mundo líquido, inaprensible, donde ya nada es sólido.