Dicen que la necesidad agudiza el ingenio. Y cuando la hacienda está vacía, contemplamos escenas sorprendentes, como la protagonizada por ese matrimonio –de conveniencia, supongo- entre el Sr. Mas y el Sr. Bañuelos, emprendiendo juntos una huida hacia adelante, tal vez con la esperanza de levantar a Cataluña de su postración. Cataluña tiene el orgullo herido tras su rescate financiero. Así que por un lado, se busca el enemigo exterior: ese Madrid reseco y cortesano que confisca –“roba”- impuestos a Cataluña. Y que, incomprensiblemente, y como gota que desborda el vaso, se ha llevado Eurovegas – que ahora, ya perdido, está sobrado de hortera y escaso de seny- a los páramos de Alcorcón.
Y de otro se buscan alternativas para llenar la bolsa. Una, que los impuestos de los catalanes queden en Cataluña. Será una negociación larga y compleja, que requiere una solución llamativa, No basta con modificar la polinómica. Así que para caldear los preliminares se organiza una Diada masivamente independentista. Y por otra nos inventamos ¡alehop! Barcelona World, una jugada maestra en seis parques temáticos y casinos. De un lado, restaña el orgullo herido por el controvertido Mr. Addelson. De otro, engorda la base imponible catalana y el empleo. Y, por último, arregla las cuentas de Port Aventura y sus accionistas, vendiendo el suelo aledaño –inmovilizado por la crisis-a los nuevos inversores. Que ya saben que el negocio de estos parques no está en la venta de entradas sino en la venta de suelo. Y da igual que sea Port Aventura que Disney. O Futuroscope, cuya gestación y vida aporta argumentos para una larga novela. La jugada seguramente sería redonda sino fuera porque, a fecha de hoy, carecen de inversores fiables o retornos asegurados sin conocer el intríngulis del negocio. Lo que conduce al riesgo de convertir un problema en seis.
Ruboriza un poco ver a la todavía próspera y fabril Cataluña recurriendo a tales estrategias, tan poco cabal en su autodiagnóstico. Las grandes inversiones –y más si son tan dudosas- no son la panacea para el desarrollo territorial, más equilibrado, robusto y flexible si es fruto de muchos pocos que de pocos muchos. Y más en sectores de escaso contenido tecnológico y a esa escala. Pero, es que, más allá de los problemas financieros coyunturales de todas las regiones, y especialmente, las mediterráneas, y de la mayor o menor justicia del sistema de cooperación interterritorial, el problema de Cataluña es estructural. Cataluña, como Asturias y el País Vasco, creció al abrigo del proteccionismo y fue al abrirse España al mundo en los 50 cuando empezó su decadencia. El País Vasco supo reinventarse con éxito, pero Cataluña –como Asturias- no. Síntomas: pérdida relativa de PIB por habitante, déficit comercial, colapso de algunos servicios públicos. ¿Quizá consecuencia de hacer nación y no innovación? Tal vez, Cataluña debería mirarse en el País Vasco –que hace las dos- o… en ese Madrid, reseco y cortesano. Pero innovador. En todo caso, tenemos un problema.