La prensa recoge regularmente “dietas de los famosos”, combinaciones algo extravagantes de bajas calorías, desayunos con zumo de alcachofa y pactos con el diablo a través del pastillero…y, supongo, de la cirugía. Quizá la sociología relegue injustificadamente las noticias del “couché”, y más en un país donde el libro más vendido, con diferencia, parece ser el de las ambiciosas reflexiones de Belén Esteban. Todo un síntoma. Sospecho que la capacidad de los famosos para modelar comportamientos sociales e individuales es mayor de la que suponemos. También en la alimentación.
Quizá sea este tiempo de epicureísmo navideño –ya saben, comamos y bebamos que mañana moriremos-propicie una reflexión sobre nuestra comida. Proliferan las informaciones contradictorias que, repentinamente, envían al zaquizamí de lo nocivo alimentos como el pan o la leche, o sacan a otros de él, como las carnes y grasas animales. Como ocurrió con el aceite de oliva o el pescado azul. Además, y por primera vez en la historia, ignoramos cómo se procesa y manipula la comida y, en general, casi todo lo que consumimos. En una sociedad que bordea la neurosis cuando se trata de la salud y la inmarcesible juventud como epítome de lo saludable y socialmente correcto, esa combinación de sobreinformación contradictoria e ignorancia conduce a la angustia y a sospechar oscuros intereses. O incluso al conflicto, como esos padres crudívoros sentenciados por alimentar mal a su hijo. Afloran también, como nunca, enfermedades asociadas a la alimentación: alergias, celiaquías, etc. El resultado es un cambio en los hábitos dietéticos quizá sin parangón en la historia. Basta echar un vistazo a un manual de cocina de nuestras madres o abuelas para comprobar lo poco que tiene en común la cocina actual con la de hace unas décadas.
Creo que nunca ha sido tan rica, variada y accesible la oferta de alimentos. De aquella sempiterna monotonía de cocidos galdosianos que alcanzó hasta bien avanzado el siglo XX, tal y como desveló Joaquín Leguina en su día, a la potencial variedad de hoy va un abismo. De esa variedad y de la actitud ante ella surgen quizá, y más allá de los hogares zarandeados por la crisis, dos grandes grupos de población. De un lado, los tradicionales que, mayormente, dejan que el gusto organice su alimentación. Son los epicúreos, ávidos por comer y beber cosas nuevas, por recuperar viejos sabores o mejorar los presentes. O simplemente por disfrutar comiendo. Quizá herederos del gourmand, de nuestro fartón, transitan ahora hacia el gourmet sibarita. De otro, un novedoso comedor estoico, que rige su alimentación, básicamente, por lo funcional: para el colesterol, para las articulaciones,…Son candidatos a “early adopters” de esos pactos con el diablo que hacen los famosos a través del pastillero. Naturalmente, ambos tipos pueden cruzarse, como esos funcionales ocasionalmente epicúreos que expían su culpabilidad quemando calorías al día siguiente.
Si, como dice el adagio popular, somos lo que comemos, lo que comemos es lo que somos: diversos, cambiantes, desconcertantes y desconcertados. Y reflejo de esa contradicción entre la apuesta sesentayochista por la espontaneidad y ese neovictorianismo de lo socialmente correcto que anida, años ha, en nuestras sociedades.