Los indicadores adelantados apuntan crecimientos de la economía española, en tasa anual, cercanos al 2%. Y también a un muy posible incremento del empleo en los próximos meses o, incluso, semanas. Cosa distinta es la sostenibilidad y duración de ese crecimiento, frágil y quizá excesivamente dependiente del endeudamiento público…y privado. Pero con todos los indicadores macro en positivo o mejorando –algo que no sucedía cuando aquellos “brotes verdes”- tal vez sea tiempo, como cuando escampa la galerna, de evaluar daños, mirando con perspectiva hacia el pasado. En este caso, mirando al indicador que, no por ser consecuencia de todos los demás, deja de ser la clave para la mayoría de los españoles: el empleo.
Me dirán, con toda la razón, que sobran balances: es catastrófico. Porque la “olona” se llevó por delante 3,7 millones de empleos desde finales de 2007, un 18% del total. Y sus efectos se agigantan al contraste con lo sucedido en otros países europeos, donde el empleo resistió, como en Francia o Italia, o creció, como en la Alemania de los “minijobs”. Pero siempre caben los matices: 2,4 de esos 3,7 millones eran empleos de baja cualificación. Los empleos más cualificados –directivos, técnicos y profesionales, mayormente lo que se da en llamar clase creativa- apenas han caído, manteniéndose en torno a los 4,5 millones. El millón restante perdido corresponde, básicamente, a empresarios y personal administrativo y comercial. El resultado es que, en 2014, más de una cuarta parte de nuestros compatriotas trabajan en empleos cualificados. Algo inédito en nuestra historia. Claro que me objetarán ahora que eso no es cosa de mérito, sino fruto de una ocupación menguante. No exactamente. Y es que si miramos más allá de 2007, comprobamos que los años que denominamos, despectivamente, de la burbuja ladrillera, hubo algo más que burbuja. Desde 1963 a 1995, la ocupación en España se atascó en unos doce millones de ocupados. Se transformó, sí –de agraria a industrial y de servicios- pero no creció. Sin embargo, entre 1996 y 2007, aumentó ¡ocho millones! rebasando los veinte. De ellos, casi tres de elevada cualificación, aumentando un 142%. Mayormente en el sector privado. Por comparación, en los diez años anteriores fueron medio millón. Por tanto, y tras la galerna, tenemos cuatro millones más de empleos que en 1995. Y de esos cuatro, dos y medio –y creciendo ya de nuevo- altamente cualificados. No está tan mal: durante los últimos veinte años nuestra tasa de ocupación creció y se cualificó. Aun soportando crisis e inmigración, fue una de que mayor avance registró en una OCDE donde la tasa de ocupación parece estabilizada. Miren a los useños, están preocupados porque la suya cae.
Quizá sea el momento de repensar los años de la burbuja. Porque, oculta entre tanto ladrillo, y más allá de las extravagancias a las que se llevó el modelo, quizá se oculte una de las mayores transformaciones socioeconómicas de nuestra historia. Y lo mejor es que esa transformación sigue en pie, quizá con salarios rebajados y con más carga de trabajo, sí; pero en pie. Esa clase creativa constituye, quizá, el mejor pilar –quizá el único- para la ansiada -y esperemos que equilibrada y fructífera- recuperación.