30.740 y 5.252: la riqueza en dólares por habitante de España y Marruecos, según el FMI. La frontera más desigual del mundo y la enorme población que separa marcan un punto de choque a escala mundial. Tanto o más que en la de los Estados Unidos de América con México, donde la ratio de rentas es menor: seis aquí, cuatro allá. Más al sur, la desigualdad se acentúa: Malí, Camerún, Mauritania, Senegal,…apenas alcanzan los 2.000 dólares.
Y la situación puede empeorar. La esperanza descolonizadora de los sesenta, acaudillada por presidentes-poetas que, como Senghor, cantaban a la negritud, se frustró hace mucho tiempo. África es el único continente que, con excepciones puntuales, parece perdido en su camino hacia la prosperidad. En el relativamente occidentalizado y próspero Magreb las “primaveras árabes” no florecen. Mirar hacia el sur resulta, de nuevo, descorazonador. En el Sahel se libra una guerra larvada entre Al Queda y las potencias occidentales. Más allá se superponen los conflictos tribales con los geopolíticos: tierras raras, materias primas, uranio, oro… El resultado son unos indicadores socioeconómicos desoladores, consecuentes con su riqueza o su Índice de Desarrollo Humano. La esperanza de vida apenas alcanza los sesenta años. El número de hijos por mujer anda por los cinco. El SIDA afecta a más del 5%. La población se duplica cada treinta años, absorbiendo el magro e irregular crecimiento económico. Hay trescientos millones de jóvenes. Muchos, sin esperanza. El resultado es una presión demográfica extrema. Y combinada con economías desestructuradas, estados inexistentes –aunque con frecuencia represores- y conflictos civiles encadenados. Por eso, una parte pequeña, quizá la más formada, de esa ingente juventud decide emigrar. ¿Dónde? A Europa. La televisión, internet, quizá amigos que ya llegaron, muestran un mundo que, si para nosotros es insuficiente, pero ellos es pródigo. Y emprenden epopeyas de miles de kilómetros, a veces recorridos a pie durante años. A un inmenso coste económico y personal.
Días atrás murieron quince de ellos en una playa fronteriza cuando estaban a punto de alcanzar su meta. Se añaden a los trescientos de Lampedusa en octubre. Y a los casi 20.000 muertos durante los últimos veinte años. Marruecos, además, los usa como elemento de presión. Sin duda, la UE tiene que controlar sus fronteras. Lo contrario sería irresponsable. Pero vivimos en la era de las grandes migraciones. Y todo apunta a que las de África hacia Europa crecerán al compás de vallas y cuchillas. Como lo harán los problemas fronterizos. Y los culturales, a medida que convivan con nosotros. Atentos a los resultados electorales europeos de mayo. África necesita, además de inversión china, un revulsivo. Pero no es empeño sencillo ni inmediato: los problemas son culturales y estructurales, y un Plan Marshall no parece viable, ni efectivo, siquiera a corto, medio plazo. Todo apunta a paliativos. A refrescar acuerdos bilaterales. Y a modular inteligentemente la vigilancia fronteriza. Un problema insoluble que tendremos que conllevar. Olvidamos que España limita con Marruecos. Una de las fronteras en paz más delicadas del mundo.