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Jacobo Blanco

Qué nos pasa

España, kilómetros y conversaciones

Esta Semana Santa recorrimos dos mil quinientos kilómetros por los caminos de España. La España urbana y también esa España vacía, dizque inexistente. Parando en pueblos y ciudades. Hablando con sus gentes. Kilómetros y conversaciones que quizá permiten  enhebrar un bosquejo urgente, somero e impresionista de nuestro país.  

Se obtiene la impresión de que, pese a todo, tenemos un país magnífico. Cuajado de historia. Con un patrimonio cada vez más mimado. Paisajes diversos, increíbles. Bien están los viajes exóticos, pero el turismo interior, que tan bien sienta a nuestra economía, quizá esté aún mejor. Y probablemente nos ayude a apreciar y amar más a nuestro país. Que también está cuajado de futuro: pese a las dificultades, la incredulidad y el desánimo ciudadano, España parece levantarse de nuevo. Vuelven los tráficos a nuestras carreteras, las murallas de camiones. Los viajeros a hoteles y restaurantes. Los contenedores a los puertos. Los penachos de humo a las chimeneas de las fábricas. Y marchan las  paletas amontonadas en sus muelles, rumbo a lejanos destinos. Hemos escuchado historias de compatriotas que transitaron la crisis a “faenas”, al trantrán, en negro, y ahora tramitan su legalización como empresarios, apoyados en la clientela captada en estos años oscuros. Pero también despuntan síntomas inquietantes: la quiebra, quizá más aparente que real, de los dos grandes partidos, es caldo de cultivo para oportunistas: cuentan, por ejemplo,  de partidos xenófobos locales financiados por ¡empresarios del lenocinio! con vocación y posibilidades de influir en sus municipios a partir de mayo de 2015. A saber por qué intereses velarán. El ejemplo de Italia tras la quiebra de su sistema de partidos a comienzos de los años noventa debería hacernos reflexionar sobre cómo hacer que las cosas mejoren y no empeoren.

Preocupa, también,  la comparación con nuestra Asturias, incapaz de seguir el ritmo de la incipiente prosperidad. No es sólo el calamitoso estado de nuestras carreteras por comparación con las vecinas. Es algo estructural: otras regiones, aún con problemas, se reinventan y perfeccionan; los asturianos, sin embargo, parecemos empeñados en congelar vanamente la historia en nuestro particular apogeo de mediados del siglo XX, sin evitar que casi todo se desmorone. Un ejemplo. Por estas fechas, España es un jardín: donde la altitud lo permite, el paisaje se cubre de blanco frutal, amarillo de colza o verde de mies recién nacida. Pero el feraz paisaje asturiano aparece desaprovechado, asilvestrado, sin más uso que el eucalipto, los forrajes y el pasto para una ganadería amenazada.  Como si, además de enseñarlo al forastero,  no supiéramos qué hacer con él. Necesitamos un modelo territorial alternativo, que casi nadie reclama. Alarma además la mansedumbre de nuestra ciudadanía -más emigrante que viajera-  que salvando tumultos  esporádicos,  es sorprendentemente conformista. La valoración que hacemos de la región en general y de los servicios públicos en particular –que, por comparación con los de otras regiones, no siempre salen bien parados- es sorprendentemente buena. Y eso, en una Asturias donde se acumulan escándalos, abandono, estancamiento, elevada fiscalidad y tanta incertidumbre resulta desconcertante.   

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Sobre el autor

Tras un cuarto de siglo –y lo que quede- dedicado a la investigación social aplicada en el sector privado, en el público y al alimón, quizá fuera el momento de saltar a la palestra que me ofrecía El Comercio y aportar algo –o intentarlo, al menos- a la reflexión serena y, en lo posible, documentada y original, sobre lo que nos pasa.


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