>

Blogs

Jacobo Blanco

Qué nos pasa

Sin justificación

No puedo pasar por alto la espeluznante reacción de tantos ante el asesinato de Isabel  Carrasco. Quizá no justifiquen el crimen, pero sí consideran un atenuante el que la asesinada se dedicara a la política.

No supe de la existencia de Carrasco hasta el lunes. Me pareció una política inusual: brillante opositora al cuerpo de Inspección, en el que desarrolló una notable carrera profesional hasta que, ya en la cuarentena, fue nombrada  Consejera de Economía y Hacienda castellanoleonesa.  No se ajustaba  al perfil de preboste criado a las ubres de las juventudes del partido. Tampoco al de personaje de apellidos destacados. Tenía donde volver. Sí parecía una mujer de perfil complejo, no exento de aristas: a su brillantez sumaba un temperamento difícil que, sin embargo, no le impedía consensuar  presupuestos con la oposición.  Tampoco buscaba ser querida, sino la eficacia, a buen seguro también el poder. Y albergaba también zonas oscuras, como esos procesos por cobro indebido de dietas, impugnación de oposiciones, prácticas clientelistas (quizá origen del crimen), etc.  Además, era mujer.

Muchos españoles, sin embargo, percibieron en ella un perfil romo, casi caricaturesco: política acaparadora de una docena de cargos que le proporcionaban fabulosos emolumentos. Por más que  –y soslayando la pertinencia o no de tales prácticas- parece que no ocupó todos los cargos simultáneamente y que muchos de ellos, sin remuneración, eran natos a su desempeño como presidenta de la Diputación o como concejala. Apareció, en fin, como un epítome  de la casta, élite extractiva causante de nuestros males. Un retrato-robot que, abundando en los tópicos, justificaba un crimen que se intentó ubicar en el relato de la crisis como acto de justicia, pese a que viró inmediatamente a un sepia con ribetes de España negra, de crónica de sucesos, casi de drama rural.

¿Qué sucede para que aflore ese odio irracional, nihilista, general, hacia los políticos, capaz de justificar un crimen, banalizándolo,  e incitando a cometer más, proponiendo incluso objetivos concretos, amparándose además en una perversión de la libertad de expresión? Y no, no es algo marginal pero ruidoso, de excluidos o exaltados. Conozco a quienes, con buena cultura, formación e ingresos, se confiesan  incapaces de conmoverse por el asesinato. Tengo la impresión de que, más allá de la anónima impunidad del exabrupto, de la mediocridad (¿era Carrasco mediocre?) de nuestros dirigentes –no sólo en España- del aprovechamiento de  sus cargos, de su indudable desconexión con  una ciudadanía propensa ya a creerse cualquier cosa; de la necesidad de perfeccionar el sistema, de la aparente inoperancia de la Justicia,… quizá nos hayamos pasado en la crítica acerba sin llegar en la propuesta constructiva, convirtiendo al político en chivo expiatorio. Y, entre otros muchos motivos, quizá no sea ajeno a ello el sensacionalismo de una prensa necesitada de audiencia y que la busca simplificando, distorsionando la realidad con titulares llamativos. Sucedió quizá con Carrasco. Pero también está pasando, por ejemplo, con los sobrecostes, percibidos por la ciudadanía como enormes comisiones en vez de como un problema administrativo universal y casi insoluble. O con las célebres puertas giratorias, menos giratorias de lo que parece. O…

Sin duda, Carrasco era una política controvertida. Pero nada justifica su asesinato. Ni el suyo ni el de nadie.

Temas

Sobre el autor

Tras un cuarto de siglo –y lo que quede- dedicado a la investigación social aplicada en el sector privado, en el público y al alimón, quizá fuera el momento de saltar a la palestra que me ofrecía El Comercio y aportar algo –o intentarlo, al menos- a la reflexión serena y, en lo posible, documentada y original, sobre lo que nos pasa.


mayo 2014
MTWTFSS
   1234
567891011
12131415161718
19202122232425
262728293031