Al hilo de la columna “Sin justificación” publicada la semana pasada, un anónimo lector, pero también amigos y conocidos, me dicen que sí, que condenan el asesinato de Isabel Carrasco, como muchas de las reacciones que suscitó, pero que los políticos deben tomar nota de esas reacciones. Alegan la escasa calidad de nuestra vida democrática: la pérdida de derechos ciudadanos, la corrupción y el robo generalizados, causantes de la crisis, pero y sobre todo, la dialéctica entre la ciudadanía y el complejo político-financiero. Argumentos quizá populistas que forman ya parte del imaginario colectivo.
Probablemente, lo que subyace bajo tanta indignación es una mutación en la percepción de la democracia, en España y buena parte de Occidente. De ser un estilo de vida, fundamentado en la participación exigente, controladora, en asuntos públicos y actividades no remuneradas, ha devenido en una forma de gobierno proveedora de bienestar, gasto público e instituciones financieras mediante, para una ciudadanía que se limita a votar y tributar. Un concepto que en España ha arraigado más que en otros países europeos. Y cuando el estado proveedor quiebra, el sistema se tambalea. Naturalmente, atribuimos su quiebra a la corrupción y a su supuesto saqueo, amplificados por la lucha político-mediática. Quizá nos falta conocimiento de la res pública. Seguramente no es ajeno a ello el que los españoles dediquemos a actividades cívicas siete minutos semanales, por una hora de alemanes y daneses. Nuestra participación política se limita a votar, manifestarnos –práctica en desuso, mal vista incluso, en el septentrión europeo- firmar manifiestos y consumir selectivamente. Simultáneamente, reclamamos influir, participar. ¿En qué? ¿Cómo? ¿Listas abiertas, como las existentes para el Senado, apenas utilizadas por el 10% de los votantes? ¿Consejos vecinales a los que casi nadie acude? Me recuerda a cuando, allá por BUP, reclamábamos “coloquios” para debatir. Y cuando por fin el profesor cedía…nadie se animaba a participar. ¿Estaremos ante lo que algunos denominan “ciudadanía cínica”, aunque esa apatía participativa prefiera atribuirse al mantra neoliberal, la hipermodernidad o al control partidista (que lo hay)?
Quizá reclamemos más empatía que participación. Percibir empatía, esperanza y ejemplaridad desde una clase político-financiera perceptora de inmerecidos privilegios. Ahora bien, lo que se pide es mantener y ampliar un bienestar causa, en parte, de deudas inabarcables que nos hacen rehenes de…los aborrecidos “poderes económicos” , financiadores de sanidad, educación,… No somos plenamente conscientes de que los tiempos están cambiando. De la inversión demográfica. De la mundialización. De la economía financiera hipertrofiada al calor del dinero barato. Nos resistimos a aceptar sus consecuencias. Reclamamos, con razón, reformas políticas porque el “sistema” tiene 35 años. Pero no en un estado del bienestar que tiene cincuenta. Clamamos por tributos a “los ricos” como bálsamo de Fierabrás. Pero, miren a Francia… Quizá nos falta vivencia democrática. Participación. Conocimiento crítico. Pragmatismo. Política como arte de lo posible. Asumir el derecho colectivo a equivocarse. Sin pasar de la complacencia a la indignación. La combinación de antipolítica y populismo allana el camino a líderes incompatibles con lo democrático. Y, seguramente también, a medio plazo, con el bienestar. Los resultados de las elecciones europeas son buena prueba de ello