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Jacobo Blanco

Qué nos pasa

Cataluña, Asturias

Salvo imprevistos, y resuelta la proclamación del nuevo Rey, el próximo jalón de la vida nacional será la celebración (o no) del referéndum por la independencia en Cataluña.  Referéndum que, siguiendo la arraigada costumbre catalana desde, al menos, la renaixença, parece un arma negociadora más que otra cosa. La apuesta independentista parece fruto de la disputa entre las élites catalanas y entre estas y las del resto de España. Sin embargo, las élites independentistas y, muy en particular, el señor Junqueras (¡otro tertuliano!) han sabido construir un relato que ha calado en una ciudadanía ya de por sí predispuesta, y más con una Generalitat exhausta y al borde de la quiebra. Al discurso de “som una nació” se añade ahora el de “Espanya ens roba” y “nosaltres decidim”. O, lo que es lo mismo, si se cierra el hospital de tu comarca o el colegio de tu hijo es culpa de la España ladrona; por lo tanto, para que se reabran,  vota independencia. Una vez más, comprobamos como un asunto de extrema complejidad, nunca resuelto del todo –aquí y en cualquier estado descentralizado-como es el de la financiación territorial, puede reducirse, con el caldo de cultivo adecuado, cierto control de los media y una adecuada financiación, no ya a un relato, sino a una simple frase. La paradoja –o “parajoda”- es que no parece que ni el señor Mas –no sé el señor Junqueras- ni CiU apuesten realmente por la independencia. Ahora parecen hacerlo por una salida, puente de plata, cambiando el estatus legal y financiero de Cataluña, que justifique el estrés al que se ha sometido a los catalanes y mejore la posición de una región con enormes dificultades económicas, que padece un elevadísimo déficit comercial exterior (50% del español) que enjuga su superávit con el resto de España.  Y quizá sea esa salida la que se negocie próximamente.

Si “som una nació” y “Espanya ens roba”, supongo que la negociación apuntará tanto hacia un reconocimiento constitucional, quizá más simbólico que real, a la bávara o tejana, de Cataluña  dentro de España –que podría acompañarse por una clarificación de competencias, recentralizando algunas y cediendo/compartiendo otras (¿referéndum?)-  como a una nueva financiación, quizá en la confusa línea alemana de asegurar la ordinalidad de renta de las regiones, garantizando simultáneamente estándares mínimos comunes para los servicios básicos –salud, educación, ¿pensiones?-  mientras establece límites a las aportaciones al fondo de compensación. A buen seguro, otras regiones malparadas por el actual sistema financiero –Valencia y Madrid, sobre todo- se apuntarán al carro catalán. Es ahí donde salta la alarma para Asturias, que figura todos los análisis –Casanovas, de la Fuente; bastante coincidentes, por cierto-  entre las más beneficiadas por el actual reparto. Todo apunta a que, para mantener nuestro nivel de vida, tan dependiente de la solidaridad foránea, no bastará con tejer alianzas tácticas con otras regiones, sino estratégicas, a largo plazo, quizá incluso sobre gestión compartida de competencias. Y tendremos que poner en valor nuestro talento y nuestros recursos, ahora tan infrautilizados. Y no digamos si Cataluña se fuera.

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Sobre el autor

Tras un cuarto de siglo –y lo que quede- dedicado a la investigación social aplicada en el sector privado, en el público y al alimón, quizá fuera el momento de saltar a la palestra que me ofrecía El Comercio y aportar algo –o intentarlo, al menos- a la reflexión serena y, en lo posible, documentada y original, sobre lo que nos pasa.


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