El último barómetro del CIS les sitúa como tercera fuerza política, imprescindible para alcanzar poder desde la izquierda. Simultáneamente, han presentado una propuesta de organización como partido. Nadie –tampoco quien esto escribe- previó su fulgurante éxito, aunque la eclosión del espacio político que ocuparon fuera evidente. Finalizando 2013 preguntamos en una encuesta cuál debería ser la prioridad de los políticos, pidiendo respuestas abiertas y espontáneas. Y fueron, abrumadoramente, dos: “que se larguen”, “que nos escuchen”. Podemos supo traducirlas empáticamente, acuñando eso de la “casta”, asumiendo el conflicto poder-ciudadanía, la demanda de empoderamiento ciudadano y la utilización de la economía al servicio de la política. Según ellos, vivimos un momento histórico de alcance comparable a la Revolución Francesa, superador de las sociedades liberales surgidas de ella. Carl Schmitt, por quien sienten inquietante fascinación, creía lo mismo hace 80 años… Contribuyeron también al éxito su virginidad política, un modelo “low-cost” de hacer política, superando el tradicional apoyándose en las tertulias televisivas, pero también la viralidad de las redes sociales. Por eso su votante-tipo es un joven-talludo, universitario, internauta, voluble políticamente, pesimista (vivirá peor que sus padres) que cree que el Estado debe ocuparse de él.
La principal debilidad de Podemos, además de ese voto voluble, es justamente el paso de movimiento a partido. Del hiperliderazgo ubicuo a la presentación de candidaturas capaces y programas atractivos y creíbles en 150 grandes municipios. Además, el resto del mapa político ha reaccionado, buscando ese espacio. Pero quizá le lastre, sobre todo, su unidimensionalidad. Para Podemos y sus líderes todo es política. Poder. Se apoyan en teóricos del poder como Maquiavelo, Lenin o Gramsci, en versión 2.0. Pero ¿y una vez en él, aunque sea compartiéndolo? Más allá del resultado de hipotéticas negociaciones postelectorales, sus planteamientos surgen del desconcierto marxista ante el colapso del socialismo real y su sustitución por un modelo liberal (previo fracaso de Mitterrand en 1981), que atribuyen a la desconexión con la ciudadanía y su sometimiento a la URSS. Así, la fórmula para el éxito del socialismo incluiría empoderamiento más nacionalismo. La respuesta parecía el Socialismo Siglo XXI, léase Chavismo. Pero, por lo bajini, terminan reprochándole su deriva populista. No contemplan que instrumentalizar la economía al servicio de la política, ignorando sus leyes y la condición humana, explique parte del fracaso de los socialismos, reales o chavistas. Algunas propuestas de Podemos, como la renta básica, tan susceptible de usos clientelares o populistas, apuntan por ahí. Tampoco esa contradicción irresoluble entre empoderamiento y un sustrato ideológico de fascinaciones casi invariablemente antidemocráticas; más aún en sociedades abiertas, plurales, donde la ciudadanía, con intereses contradictorios, podría contestar sus propuestas, sin someterse a la tiranía de la mayoría. Finalmente, más allá del mantra casta-ciudadanía, buscan el poder con un popurrí de recetas “déjà vu”, si no fracasadas. Luego, si las cuentas no salen, tienen chivo expiatorio: la nación española contra Berlín y el BCE.
Sin duda, viviremos tiempos interesantes. El espacio político que ahora ocupa Podemos está ahí. Pueden ocuparlo ellos. U otros. Pero quizá el principal adversario de Podemos sea Podemos.